79 Festival de Cannes
Crítica de "La Perra": Dominga Sotomayor convierte el paisaje patagónico en una herida abierta
La directora chilena estrenó en Cannes una película atravesada por el duelo, la culpa y la soledad, sostenida por una puesta física y una narrativa fragmentaria que encuentra en el vínculo entre una mujer y un perro su núcleo más inquietante.
La Perra (2026), la nueva película de la cineasta chilena Dominga Sotomayor, presentada en la Quincena de los Cineastas, es una de esas obras que ingresan desde la percepción sensorial antes que desde el relato. La película se instala en el cuerpo a través del viento, la humedad y el aislamiento de una isla perdida en la Patagonia. Allí, el paisaje deja de funcionar como fondo y se convierte en una presencia que condiciona cada movimiento y cada silencio. Sotomayor entiende el territorio como extensión emocional de sus personajes y construye una película donde nadie parece estar de paso: todos permanecen atrapados en una geografía física y mental.
La fotografía de Simone D’Arcangelo trabaja desde la proximidad y la materia. La cámara se mueve a ras del suelo, sigue a los perros, atraviesa algas y texturas, y convierte cada plano en una superficie táctil. El film construye una sensación constante de humedad y encierro, incluso en los espacios abiertos. La niebla, los reflejos empañados y la luz opaca funcionan como señales de una memoria que nunca termina de definirse. Más que explicar el pasado, la película lo deja flotando sobre los personajes, como una amenaza silenciosa.
Silvia, interpretada por Manuela Oyarzún, es una mujer atravesada por la rutina, el trabajo manual y una soledad sin dramatizaciones. La llegada de Yuri altera ese equilibrio mínimo. Pero el animal no aparece únicamente como compañía: funciona como proyección emocional, reemplazo afectivo y detonante de un trauma que empieza a reaparecer. Sotomayor evita cualquier subrayado psicológico y trabaja la relación entre Silvia y la perra desde la observación y el comportamiento. Lo incómodo emerge sin necesidad de explicaciones. El trauma, en La Perra, no se verbaliza: se manifiesta en gestos, repeticiones y silencios.
Uno de los movimientos más interesantes del film ocurre hacia la mitad, cuando la narración introduce un viaje al pasado que resignifica todo lo anterior. La aparición de la joven Silvia, interpretada por Rafaella Grimberg, no opera como giro sorpresivo sino como pieza de una estructura fragmentaria que lentamente empieza a revelar sus conexiones. Allí emerge la pregunta central de la película: cuánto de aquello vivido en la infancia permanece activo en la vida adulta y de qué manera la culpa puede convertirse en una forma de permanencia.
No todo en la película alcanza la misma precisión. Algunos elementos aparecen desarticulados respecto del núcleo dramático, como el reiterado concurso televisivo de baladas melodramáticas o ciertas zonas ambiguas vinculadas a la maternidad de Silvia que quedan suspendidas sin desarrollo claro. Sin embargo, esa irregularidad parece formar parte de la búsqueda formal de Sotomayor: una película que elige habitar zonas abiertas antes que cerrar sentidos. La Perra no busca una narrativa lineal ni una estructura de resolución clásica. Su fuerza aparece justamente en esa condición áspera, incompleta y por momentos críptica.
Compararla con trabajos anteriores de la directora resulta innecesario. Aquí no hay intención de construir una gran declaración, sino de trabajar sobre pequeñas fracturas emocionales y vínculos marcados por la ausencia. Sotomayor filma el vacío, la culpa y la rabia contenida sin convertirlos en espectáculo. Y en esa decisión encuentra la identidad de una película que deja marcas incluso cuando parece moverse desde la contención.