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Crítica de "Obsesión": El milagro incómodo de Curry Barker

La nueva propuesta del comediante es una experiencia enfermiza, perturbadora y magnética cuya verdadera identidad emerge en la precisión con la que inocula esa fijación psicológica en cada plano.

Crítica de "Obsesión": El milagro incómodo de Curry Barker
lunes 18 de mayo de 2026

La premisa de Obsesión (Obsession, 2026) arranca bajo un registro contenido, aunque no tarda en transparentar la pulsión que moviliza al protagonista y el abismo hacia el que arrastra al espectador:  un romántico incurable (Michael Johnston) busca ganarse el amor de la joven que le atrae (Inde Navarrette), aunque pronto comprende que ciertos deseos esconden consecuencias oscuras y perturbadoras.

La potencia del film radica, justamente, en el proceso de descomposición progresiva: somos testigos del deterioro emocional de los personajes mientras el relato enrarece la atmósfera. Cuando la trama finalmente estalla, lo hace con una violencia descontrolada y catártica.

Barker demuestra un control milimétrico de los encuadres, los fueras de campo y el estatismo de la cámara para edificar un clima de constante amenaza. Obsesión arrastra la certeza de un viaje hacia el horror desde su primer fotograma, pero lo hace mediante una fascinación visual magnética. Por momentos, la película dialoga directamente con el universo de Oz Perkins, sobre todo en esa determinante convivencia entre el humor negrísimo, el extrañamiento y el terror psicológico.

Este engranaje no funcionaría sin el notable trabajo de Inde Navarrette. Su presencia resulta inquietante incluso en los pasajes más domésticos o en apariencia inofensivos. La actriz dosifica la incomodidad con clase antes de entregarse por completo a la locura: pequeños gestos, miradas esquivas y modulaciones de voz que terminan resultando más pavorosas que cualquier efectismo visual. A su lado, Michael Johnston cumple con solidez, aunque Navarrette enciende la pantalla en cada aparición.

Afortunadamente, las secuencias más viscerales esquivan el recurso perezoso del jumpscare. El film encuentra su verdadera perturbación en la fisonomía del plano, en la crudeza de lo que decide mostrar y en un diseño de sonido extraordinario. La banda sonora replica la neurosis de los personajes, deformándose a la par de su cordura y aportando una inestabilidad acústica permanente. El montaje opera bajo la misma lógica disruptiva: cortes secos y elipsis abruptas que transforman al espectador en un cómplice involuntario de las peores decisiones en pantalla.

Obsesiónn se erige como una de esas experiencias cinematográficas que reclaman la escala y el aislamiento de la sala oscura, no solo por su despliegue técnico, sino por su notable administración del malestar. Una película incómoda, retorcida y visualmente hipnótica que consolida a Curry Barker ya no como una promesa, sino como una realidad dentro del terror contemporáneo.

9.0
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