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Crítica de "Fjord": Mungiu convierte el drama familiar en un alegato sobre la intolerancia europea

El director rumano Cristian Mungiu retrata el choque cultural entre una familia inmigrante y las instituciones noruegas, aunque su mirada termina más atrapada en el discurso legal que en la emoción de sus personajes.

Crítica de "Fjord": Mungiu convierte el drama familiar en un alegato sobre la intolerancia europea
lunes 18 de mayo de 2026

Los europuddings de antaño (aquellas coproducciones europeas con actores de todas las nacionalidades y temáticas transfronterizas) son ahora worldpuddings en toda regla, preferentemente hablados en inglés. Sin ir más lejos, Fjord es una película del rumano Cristian Mungiu rodada en Noruega, protagonizada por LA actriz noruega Renate Reinsve y el actor norteamericano de origen rumano Sebastian Stan. Todo ello porque la historia trata de una familia de padre rumano y madre noruega (Stan y Reinsve, respectivamente) que, con sus cinco hijos, se instala en una pequeña población a orillas de un fiordo noruego. Es lo bueno de estas tramas, que sirven para un roto y un descosido: si el director fuese húngaro, la familia tendría origen húngaro, y si en lugar de ambientarse en un fiordo, el escenario fuese la montaña, el desierto o la sabana, pues el título sería el correspondiente. Eso sí, en Fjord tenemos un par de avalanchas, sin relevancia ninguna en la trama, pero que sirven para la ambientación y para reivindicar, si cabe, la sutileza de un Ruben Östlund… Por si acaso, como esto va de un conflicto entre noruegos y rumanos, todos hablan preferentemente inglés, que al fin y al cabo esta es la lingua franca de todo worldpudding que se precie.

Las condiciones de producción son casi siempre definitorias del modelo cinematográfico que las posibilita, en este caso el del cine de prestigio con vocación internacional, un modelo que, por norma general, precisa de grandes temas. El de Fjord hay que reconocer que es muy valiente y un tanto insólito: a partir de una denuncia por abusos infantiles, Mungiu se saca de la manga un alegato contra el xenofobia y la intolerancia (religiosa) en un país tan civilizado como Noruega. En este caso, es la familia rumana la que es denunciada por abusos a sus hijos por parte de las autoridades del país, que la amenazan con la entrega de los niños en adopción y un proceso penal. La denuncia tiene algo de kafkiano: una pelea entre dos hermanos que se salda con unos moratones, unas respuestas fuera de contexto y la alerta que salta entre las autoridades escolares, todo ello aderezado por la naturaleza evangélica y profundamente conservadora de la familia rumana.

Es difícil acabar de creerse la plausibilidad de un proceso de este tipo, algo que en cualquier caso no vamos a cuestionar (entre otras cosas porque el propio final apunta hacia ciertos recursos dramáticos de la ciencia ficción distópica). Siempre he pensado que Mungiu es mejor guionista que director, algo que esta película demuestra de forma más diáfana que otras suyas, empezando por el desaprovechamiento del paisaje (que aquí es antes un título que un escenario) y siguiendo por un conflicto que atiende antes a las cuestiones legales que a los sentimientos de sus personajes. En su didactismo, Mungiu quiere exponer todas las cuestiones legales, las dudas, ambigüedades y posiciones divergentes: las de las autoridades gubernamentales y la del fiscal, pero también las de la familia rumana y su abogada (con algunas tramas paralelas un tanto innecesarias). Pero poco sabemos de lo que emocionalmente puede suponer para unos padres perder, por una cuestión legal muy traída por los pelos, a toda su prole. Y aún sabemos menos de los propios hijos, como si de todas las opciones que podría manejar Mungiu la de centrarse en sus personajes, víctimas de una legislación en exceso precavida (otra forma de intolerancia), nunca la tuvo presente.

4.0
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