Festival de Cannes 2026

Crítica de "Siempre soy tu animal materno": maternidad, abandono y desgaste en el nuevo drama de Valentina Maurel

La directora costarricense Valentina Maurel regresa al drama familiar con "Siempre soy tu animal materno", una película que explora los vínculos entre una madre y sus hijas desde el desgaste afectivo, el resentimiento y la imposibilidad de escapar de la estructura familiar. Con una puesta física y fragmentada, el film encuentra momentos de intensidad, aunque su reiteración narrativa termina debilitando el recorrido.

Crítica de "Siempre soy tu animal materno": maternidad, abandono y desgaste en el nuevo drama de Valentina Maurel
EscribiendoCine-Noticine
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La cineasta costarricense Valentina Maurel revisita el drama familiar intergeneracional con su segunda película, Siempre soy tu animal materno (2026), donde construye un entramado centrado en tres personajes femeninos —una madre y sus dos hijas— y un cuarto masculino, el padre, cuya presencia lateral evidencia una dinámica atravesada por la distancia emocional. La directora expone a este grupo disfuncional que, pese a las fracturas y vidas divergentes, continúa unido por vínculos sentimentales imposibles de romper.

Elsa, la hija mayor, regresa a Costa Rica después de varios años de formación universitaria en Europa y encuentra un escenario marcado por el deterioro. Su hermana menor vive en la antigua casa familiar, ahora convertida en un espacio abandonado y caótico, atrapada entre visiones, sueños premonitorios y relaciones ambiguas. El futuro aparece suspendido, sin horizonte posible.

Mientras tanto, la madre —interpretada por Marina de Tavira— atraviesa una crisis tardía. La reedición de su primer poemario, cuestionado décadas atrás por su contenido erótico, reactiva en ella el deseo de desprenderse de las responsabilidades maternales que siente como una carga prematura. Sin embargo, la emancipación nunca termina de concretarse: sus hijas continúan orbitando alrededor de su figura, incluso desde el resentimiento.

El padre, divorciado y ya desplazado del núcleo doméstico, apenas interviene mientras sostiene una relación con una mujer más joven. Su rol funciona como síntoma de una estructura familiar que se desarma lentamente, donde nadie logra hacerse cargo del otro sin experimentar agotamiento.

Maurel filma San José como un territorio emocional. Las calles saturadas, el transporte público, los bares donde las hermanas discuten sobre abandono y fantasmas construyen una atmósfera asfixiante. La cámara en mano y los planos cerrados generan una incomodidad persistente, mientras la banda sonora empuja la tensión hasta volverla física. No hay grandes giros argumentales y la película parece avanzar en círculos. En su tramo final, la repetición de situaciones termina debilitando el relato, como si el film tampoco encontrara una salida posible al desgaste que construye desde el inicio.

El título, extraído de un poema escrito por la madre dentro de la ficción, funciona como una declaración ambigua. Siempre soy tu animal materno no reflexiona sobre la maternidad desde la protección, sino desde el agotamiento y la dependencia. Una madre que siente haber entregado demasiado tiempo de su vida, una hija obligada a ocupar un rol que nunca eligió y otra que reemplaza los vínculos humanos por perros y presencias invisibles. La idea de lo maternal aparece entonces como una condena afectiva de la que nadie consigue escapar.

La película encuentra su mayor potencia cuando observa el abandono contemporáneo sin subrayados morales. Todos los personajes persiguen algún tipo de realización individual mientras las responsabilidades afectivas quedan suspendidas. Allí aparece la figura de Elsa intentando sostener un equilibrio imposible, hundiéndose lentamente en el mismo deterioro que intenta reparar.

Maurel evita juzgar a sus personajes y los acompaña desde una mirada observacional. No busca construir grandes revelaciones ni un desarrollo dramático tradicional. Esa decisión le permite sostener cierta honestidad emocional, aunque también deja la sensación de un relato que concluye exactamente en el mismo punto donde comenzó. El desconcierto permanece intacto y la película instala una pregunta incómoda: cuánto cuesta, finalmente, la idea de libertad cuando el vínculo familiar continúa operando como una forma de dependencia.

6.0
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