Festival de Cannes 2026
Crítica de “Soudain”: Ryusuke Hamaguchi y una conversación contra el fin del mundo
El director japonés construye una obra profundamente política y emocional donde el capitalismo, la enfermedad y la muerte se entrelazan en largas conversaciones que transforman el duelo en una experiencia de encuentro y humanidad.
Nada define mejor Soudain, la última película de Ryusuke Hamaguchi, que el libro que ha servido de inspiración al guion firmado por el director japonés y Léa Le Dimna, “Cuando la vida de repente da un giro: Veinte cartas entre un filósofo con cáncer terminal y un antropólogo médico”, del filósofo Makiko Miyano y el antropólogo médico Maho Isono. Eso y que se trate de su primera producción rodada en Francia (con un breve excurso en Japón), protagonizada por una estrella del cine francés como Virginie Efira y hablada en francés y japonés, lo que no impide que estemos ante una película inequívocamente de Hamaguchi (y, en sus temas, muy japonesa) sin que el peso de la coproducción la condicione en absoluto.
Del libro de Miyano e Isono Hamaguchi rescata el cáncer terminal, pero sobre todo (imagino, no lo he leído) la estructura discursiva, ese intercambio que no es epistolar sino una larga conversación a orillas del Sena en el que la directora de una residencia de ancianos, Marie-Lou (Efira), habla con una directora de teatro japonesa (con cáncer en estadio 4), Mari (Tao Okamoto), de la influencia del capitalismo en el decrecimiento de la natalidad en el mundo. La conversación se prolonga en la misma residencia, cuando Mari le dibuja un esquema de cómo el capitalismo ha colonizado la democracia y privatizado todo nuestro tiempo, el laboral pero también nuestro tiempo libre.
Nada nuevo en Hamaguchi: los talleres de Happy Hour (2015), los ensayos teatrales de Drive My Car (2021) o las asambleas de El mal no existe (2023) constituían digresiones muy discursivas que se integraban con total naturalidad en sus mismas tramas narrativas, en ocasiones a partir de improvisaciones. Las dos primeras horas introducen ese discurso sobre el peligro del capitalismo mientras asistimos a los intentos de Marie-Lou de mejorar las condiciones salariales de sus empleados o de implementar un nuevo protocolo más humano y empático de atención a sus pacientes. Marie-Lou es una idealista cuya máxima no es otra que “hacer posible lo imposible”. También lo es Hamaguchi que, después del Oscar de Drive My Car o el premio en Venecia a El mal no existe se arriesga con una propuesta temeraria que, como si se tratase de una película didáctica del Grupo Dziga Vertov, pone a sus personajes a discutir de política, filosofía o antropología.
Marie-Lou parece haber encontrado a su alter ego en Mari, directora de un espectáculo teatral que se está representando en ese momento en París y que, al finalizar la representación a la que asiste Marie-Lou, confiesa que padece un cáncer terminal que en un determinado momento, el “de repente” del título, le provocará una suerte de colapso que anunciará su muerte en un plazo de pocas semanas. Lo que acaba sucediendo en el jardín de la residencia que dirige Marie-Lou y, de improviso y literalmente, vemos a Mari caer y desaparecer por el fondo del encuadre. En ese momento Soudain se pliega y conforma un díptico que nos lleva primero a Kioto y después de nuevo a París.
Es la hora y cuarto restante de la película en la que la muerte, los cuidados y un sentido maravilloso de la amistad basado en el placer (hasta cierto punto erótico) de conversar se adueñan del relato. Como si en Soudain conviviesen dos películas, una que apela al cerebro y otra a las emociones, una impresión que en realidad sería muy falsa pues la primera nos lleva a la segunda y esta contamina la anterior. Es lo que ya sucedía en Happy Hour y Drive My Car, el asombro de darnos cuenta de que, a medida que la película avanza y se acerca a un final que en su parte japonesa evoca los duelos de las películas de Yasujiro Ozu, todas las piezas van encajando milagrosamente (el teatro, la política, las terapias, el legado que dejamos tras la muerte) y la emoción se impone a cualquier otro tipo de consideración.