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Crítica de "Al filo del mañana": Game Over para Tom Cruise
Los cobardes mueren varias veces, dijo Shakespeare, pero nunca tan literalmente como en "Al filo del mañana"(Edge of Tomorrow, 2014), en la que un cobarde debe revivir su primer y último día de combate cada vez que muere en el campo de batalla. Imaginen Hechizo del tiempo (Groundhog Day, 1993) como una película de acción y ciencia ficción, reemplacen al inestimable Bill Murray con Tom Cruise y se harán a la idea. El resultado es tan divertido como suena.
Basada en la novela ilustrada japonesa Todo lo que necesitas es matar, la película se desarrolla hacia el final de una guerra entre humanos y alienígenas, durante un desembarco en las costas de Alemania que definirá el resultado del conflicto. El desertor Bill Cage (Tom Cruise) es apresado y enviado al frente de batalla, donde muere en cuestión de minutos, aunque antes entra en contacto con sangre alienígena y adquiere una capacidad excepcional: retroceder en el tiempo un día cada vez que muere.
Por supuesto, nadie le cree cuando, al reiniciar el día, intenta advertir a sus comandantes sobre la emboscada, ni cuando anticipa que su helicóptero se estrellará, ni cuando intenta salvar a sus compañeros de una muerte tras otra. Su única aliada es Rita “Full Metal Bitch” Vrataski (Emily Blunt), una veterana de guerra que tuvo los mismos poderes accidentales de Bill y, por eso, resulta fácil de convencer al comienzo de cada nueva iteración.
La invasión, los extraterrestres, los armazones de combate a lo Aliens, el regreso (1986), la presencia de Bill Paxton —siempre es un gusto verlo— como el arquetípico sargento sureño y, en definitiva, casi todos los elementos que componen Al filo del mañana son conocidos. La poesía, si se quiere buscarla, aparece en la subversión del mito de Sísifo condenado a empujar su roca cuesta arriba por la eternidad: el hombre moderno está bendecido por la memoria y la capacidad de aprender de sus errores, y por eso no queda sujeto a otra voluntad que la suya.
El concepto del “día que se repite indefinidamente” es una fantasía atractiva, incluso en medio de una guerra. Vuelve inmortal al protagonista y tiñe sus aventuras con un aire lúdico cercano al videojuego. Si Cage comete un error, toma el camino equivocado, envía a su compañera a la muerte o se agota el plazo dentro del cual puede reiniciar el día, no tiene más que dejarse morir y empezar otra vez. Las escenas de acción funcionan con precisión y, para variar, hay una explicación para su coreografía: Cage ha estado ensayando.
La película también sostiene un humor negro tenue: la comedia de la carrera de obstáculos imposible, el pequeño error de cálculo que desbarata la estrategia perfecta y el personaje de Rita, tan perfeccionista que, ante el menor inconveniente, prefiere pegarle un tiro a su compañero y empezar de cero. Uno se pregunta cómo pueden lograr algo cuando el tiempo deshace constantemente sus acciones, y la respuesta es que no importan tanto los hechos como lo que aprenden de ellos. Su misión consiste en conocer al enemigo y aprender cómo detenerlo por completo en un período no mayor a un día.
Por otro lado, aparece el enojo de Cage al dedicar su existencia a ganar una batalla imposible, y también su frustración al intentar construir una relación con la persona que lo ha acompañado en tantas aventuras y a quien conoce a fondo, pero con quien no comparte un solo recuerdo. Surge, entonces, la posibilidad de manipularla con la información que él va acumulando, y hay una buena escena en la que Cage les miente tanto a ella como al público para disfrutar de un pequeño resquicio en medio de tantas derrotas.
Al filo del mañana no trae ideas nuevas, pero sabe elegirlas y desarrollarlas en direcciones atractivas. La acción tiene intensidad, claridad y nitidez en una época dominada por la cámara en mano y la mala iluminación en películas semejantes. El guion, una de esas piezas de ingeniería narrativa al estilo Christopher Nolan, construye una historia con inteligencia, sin caer en la repetición ni dar un paso en falso. Tal vez el único tropiezo sea un final tramposo, otro emblema nolaniano. Por lo demás, Al filo del mañana merece cada grano de pochoclo ingerido en su nombre.