Salas
Crítica de “Tres tiempos”: cuerpo, memoria y vínculos en la ópera prima de Marlene Grinberg
La ópera prima de Marlene Grinberg explora vínculos familiares a través del lenguaje corporal y la danza, en un relato premiado en Mar del Plata.
Tres tiempos (2025), ópera prima de Marlene Grinberg, aparece como un gesto que se corre de los modelos narrativos habituales. No es un film sobre la danza sino un modo de pensar los cuerpos y sus memorias a través de ella.
La trama se despliega en una casa patagónica frente a un lago de superficie serena, un espacio que funciona como reflejo y distorsión. Allí, Emma cuida a su nieta Alicia bajo una disciplina nacida de la danza, hasta que la irrupción de Bárbara —la hija ausente y madre de la niña— altera esa estructura doméstica. El film elude revelaciones rápidas: permite que cada personaje arrastre sus sombras como peso físico, en miradas que se desvían y movimientos que enuncian aquello que las palabras no articulan.
Grinberg, formada en danza desde la infancia, traslada esa experiencia a la puesta en escena. La cámara de Mariano Suárez no se limita a registrar: se aproxima a las texturas del cuerpo, a respiraciones interrumpidas, a la tensión de una espalda que se curva. Las coreografías de Diana Szeinblum operan como un código paralelo donde se negocian afectos, culpas y mandatos. La huella de Pina Bausch aparece filtrada por una sensibilidad local, cercana a cierto extrañamiento que remite a narrativas que desbaratan la lógica cotidiana.
El verdadero acierto de Tres tiempos es su decisión de evitar lo episódico. El reencuentro familiar, el impacto de una enfermedad psicológica o la reconfiguración de los roles maternos funcionan como elementos que sostienen un trabajo centrado en la memoria corporal. La película construye un espejo generacional donde abuela, hija y nieta repiten, quiebran y reformulan una misma partitura afectiva. La danza se presenta como espacio de liberación y, simultáneamente, como una forma de herencia que ordena y condiciona.
Desde lo técnico, el film configura un clima de proximidad y tensión contenida. El sonido de Federico Moreira organiza un paisaje en el que conviven susurros, pausas y pequeñas rupturas. La música original de Guillermina Etkin acompaña sin imponerse, delineando un borde emocional que nunca subraya. El arte y el vestuario contribuyen a reforzar un entorno donde los vínculos se entrelazan con el territorio. En ese marco, Mara Bestelli, Florencia Dyszel y Violeta Postolski componen un triángulo interpretativo en el que cada cuerpo sostiene una historia no dicha.
Es posible que cierta densidad simbólica genere distancia en espectadores que buscan tramas más directas. Tres tiempos demanda una mirada dispuesta a identificar marcas y silencios, y a entrar en un flujo rítmico que prioriza la percepción por sobre el avance argumental. Pero esa apuesta forma parte de su identidad: Grinberg organiza una experiencia sensorial donde el cine y la danza se fusionan hasta desdibujar sus límites.
Con esta ópera prima, Marlene Grinberg introduce una voz que propone una lectura corporal de los vínculos. El film observa lo que los cuerpos guardan, lo que expresan sin decirlo y lo que transmiten como legado silencioso. Tres tiempos sugiere que hay memorias que no se pronuncian, apenas se encarnan; y que el movimiento, incluso cuando duele, puede ser la única vía para nombrarlas.