Tras su paso por BAFICI
“La percepción del migrante hoy cambió completamente”: Juan Martín Hsu estrena “Los caminantes de la calle”
El director retoma las migraciones como eje central de una obra inspirada en hechos reales y atravesada por experiencias personales de la comunidad china en la Argentina.
Con estreno previsto para el 9 de julio, Los caminantes de la calle marca el regreso de Juan Martín Hsu al largometraje de ficción. La coproducción entre Argentina y Perú tuvo su premiere internacional en el Tallinn Black Nights Film Festival y también formó parte de la programación del BAFICI y del Festival Internacional de Cine de Guadalajara.
Inspirada en hechos reales, Los caminantes de la calle reconstruye una investigación judicial sobre las mafias chinas que operaban en Mendoza durante 2010. A través de escuchas telefónicas en dialecto cantonés, una fiscal y un policía de origen chino intentan desarticular una organización criminal, mientras la historia también explora los vínculos familiares, el desarraigo, el miedo y las tensiones que atraviesan a la comunidad migrante.
La filmografía de Juan Martín Hsu se construye, desde sus inicios, alrededor de las migraciones y los cruces culturales. En su nuevo largometraje, Los caminantes de la calle, ese universo vuelve a aparecer, ahora en clave de thriller policial. “Las películas que vengo haciendo siempre tratan de migraciones, sobre todo asiáticas, chinas, taiwanesas, coreanas, en este caso en Latinoamérica”, señala Hsu.
El vínculo no es solo temático, sino también personal. “Yo nací acá en Argentina, pero mis padres son migrantes”, explica el director, quien sostiene que gran parte de su obra surge de experiencias propias y de relatos cercanos. En ese recorrido observa que “La percepción del orientalismo” cambió completamente y explaya: “Creo que la xenofobia y el racismo se corrieron hacia otros lugares”.
¿Cómo trabajaste la forma de representar esa diferencia en el trato del racismo y la xenofobia a lo largo del tiempo?
Cuando hice mi primera película, La Salada, la intención era correrse de la imagen estereotipada del chino o del coreano que veía en la televisión y el cine. Para mí muchas veces había un rasgo de burla hacia esas comunidades. Entonces la idea fue hacer un retrato más amplio, humanizar a los personajes. No construirlos desde una mirada paternalista ni desde el otro extremo, sino encontrar un punto intermedio, un punto gris. Los personajes tienen sus cosas buenas, sus cosas malas, sus costados claros y oscuros.
También buscaba conectar desde lo emocional: el amor, la paternidad, el ser hijo, historias de siempre, pero desde un punto de vista migrante. Y la soledad también aparece mucho, porque el migrante llega a un lugar donde no entiende el idioma, no conoce a nadie, deja su vida atrás. Eso es doloroso, pero al mismo tiempo hay esperanza, porque es un futuro nuevo.
En ese sentido, ¿cómo trabajás con actores no profesionales y su aporte a las películas?
En general, en La Salada y también en Los caminantes de la calle, la mayoría de los actores son migrantes y no profesionales. Muchas veces, cuando encuentro a los actores, ellos me cuentan sus propias historias, y eso se incorpora a los personajes. Para mí, el actor no profesional tiene que actuar de sí mismo. Entonces sus relatos terminan siendo parte de la película.
¿Cómo se construyen los guiones en ese proceso?
Los personajes están desde el principio en el guion, pero hay historias que se van agregando durante el rodaje. Por ejemplo, en La Salada había un personaje que, después de vivir muchos años en Argentina, vuelve a Corea y no reconoce ese lugar. Es una Corea que ya no es la misma. Entonces decide quedarse acá, pero tampoco siente que este sea su lugar. Se quedan en un intermedio, en los grises, en el limbo. Esa sensación de no pertenecer ni de un lado ni del otro aparece mucho.
¿Ese proceso también funcionó como una especie de catarsis personal?
Sí, de alguna manera sí. Con La Salada y con el documental Los caminantes de la calle fui aprendiendo a leer mis propias películas con el tiempo, a partir de las devoluciones del público y la crítica. Me llevó tiempo entender de qué trataban realmente. Había una estructura, un guion, pero lo que la película quería decir muchas veces lo entendí después. Eso generó un trabajo interno, de análisis, de pensar la idea de migración.
¿Cómo llegaste al cine?
Empecé el CBC de Ciencias de la Computación. Estuve dos años, pero me di cuenta de que no era lo mío. Después probé Letras, pero tampoco encajé. Llegué a la carrera de Imagen y Sonido por casualidad, en una proyección de cortos de la FADU. Ahí entendí que el cine no era solo lo comercial, sino que había otro cine posible, más accesible. Y ahí decidí que podía hacerlo.
¿Te interesa pensar en una película de gran escala o presupuesto?
Sí, me encantaría, pero no tengo un proyecto concreto para eso. Por ahora sigo en el cine independiente. Los caminantes de la calle en algún momento pudo haber sido más comercial, pero terminó siendo una película más cercana al cine de autor, con algunos rasgos de género.
¿Seguís eligiendo trabajar siempre sobre migraciones?
No es algo totalmente consciente. Me aparecen esas historias. También es cierto que estoy atento a ese tema, entonces uno también lo busca de manera inconsciente. Por ahora es lo que me llega, pero estoy empezando a pensar otras posibilidades.
¿Cómo fue el trabajo con el idioma y los dialectos dentro de las películas?
En La Salada yo no hablo coreano, entonces tenía que confiar en los actores. En Los caminantes de la calle pasó algo parecido con el cantonés. Muchas veces no todos lo hablaban bien, se ayudaban entre ellos, se traducían o se llamaban por teléfono. Era un trabajo cooperativo. Y también me llamó la atención cómo los dialectos se van perdiendo con las generaciones.
¿Cómo imaginás la recepción de la película?
Me gustaría que tuviera llegada, pero soy realista. Creo que va a circular en el cine independiente, con pocas salas y mucho boca a boca. No es una película de género en sentido estricto. El que busca un policial clásico puede llevarse una sorpresa, porque el ritmo es distinto. Y también pasa al revés: el público de cine de autor a veces se encuentra con otra cosa de la que esperaba.