Libros | Cine

La crítica como combate: vuelve Pauline Kael con "Escritos a quemarropa"

La publicación de "Escritos a quemarropa" recupera la obra de una crítica que transformó la conversación sobre el cine. Más que una antología, el volumen devuelve una forma de leer películas cuando la discusión todavía importaba.

La crítica como combate: vuelve Pauline Kael con "Escritos a quemarropa"
domingo 05 de julio de 2026

Hubo un tiempo en que una crítica de cine podía alterar una carrera, incendiar una discusión o convertirse en lectura obligatoria antes incluso de entrar a la sala. No porque el crítico ocupara el lugar del director, sino porque entendía que una película no terminaba en el último fotograma. Seguía viviendo en las conversaciones, en los desacuerdos y en las palabras que alguien encontraba para explicar por qué esas imágenes importaban.

Pauline Kael perteneció a esa especie. Escribía como quien sigue discutiendo una película cuando ya se encendieron las luces de la sala. Con intuición, con una cultura cinematográfica inmensa y con una desconfianza casi instintiva hacia cualquier teoría que intentara domesticar el cine.

Escritos a quemarropa llega ahora en una edición de Monte Hermoso que hace algo más que reunir ensayos, críticas y debates. Recupera una manera de pensar las películas cuando la crítica todavía formaba parte del acontecimiento cultural y no era un complemento del algoritmo ni una guía de consumo. El volumen reúne casi quinientas páginas escritas entre comienzos de los años sesenta y mediados de los ochenta, muchas de ellas publicadas por primera vez en español, y permite seguir el recorrido de una autora cuya influencia excedió con amplitud las páginas de The New Yorker.

Pero el interés de este libro no reside únicamente en su valor documental. La pregunta que sobrevuela cada uno de sus textos también interpela al presente: ¿en qué momento la crítica dejó de aceptar el riesgo de equivocarse? Mientras buena parte del periodismo cultural fue reemplazando la argumentación por estrellas, puntajes y recomendaciones de consumo, Kael seguía escribiendo como si cada película obligara a inventar un lenguaje nuevo.

No es una pregunta nostálgica. Basta recorrer cualquier plataforma para comprobar que hoy las películas llegan acompañadas de porcentajes, puntuaciones, listas de "lo mejor del mes" y recomendaciones hechas por sistemas que conocen nuestros hábitos mejor que nosotros mismos. Nunca hubo tanta información sobre cine y, sin embargo, pocas veces pareció tan difícil encontrar una mirada. En ese paisaje, volver a Kael no significa regresar a una edad de oro imaginaria, sino recuperar una forma de leer que entendía la crítica como una intervención cultural.

Cuando comenzó a escribir, Estados Unidos atravesaba una transformación silenciosa. La posguerra había ampliado el acceso a los bienes culturales y las salas empezaban a poblarse de espectadores dispuestos a descubrir algo distinto del gran espectáculo hollywoodense. Las películas europeas llegaban con otros ritmos, otras preguntas y otra relación con la puesta en escena. En ese escenario apareció una generación de críticos que dejó de considerar el cine un entretenimiento menor para discutirlo con la misma intensidad que la literatura o la pintura. Kael fue una de las voces más reconocibles de ese movimiento.

Su escritura nunca buscó el prestigio académico. Había leído a James Agee, Graham Greene y Otis Ferguson, pero prefería escribir desde la experiencia del espectador antes que desde el aparato teórico. Sus textos avanzan por asociaciones inesperadas, desvíos, intuiciones, contradicciones. Una película podía entusiasmarla durante un párrafo y decepcionarla en el siguiente. Esa libertad desconcertó a muchos de sus contemporáneos y explica por qué todavía hoy resulta difícil encasillarla.

También explica las polémicas que atravesaron su carrera. La más conocida fue el enfrentamiento con Walter Sarris alrededor de la teoría del autor. Mientras buena parte de la crítica norteamericana comenzaba a ordenar la historia del cine a partir de la figura del director, Kael desconfiaba de cualquier método que prometiera resolver de antemano el sentido de una película. Le interesaban menos las etiquetas que la experiencia concreta de las imágenes. Creía que una obra podía desbordar incluso las intenciones de quien la había filmado. Ese debate, incluido en este volumen, sigue siendo uno de los grandes documentos de la crítica cinematográfica del siglo XX.

Pero sería un error reducir Escritos a quemarropa a una colección de discusiones intelectuales. El libro también es el relato indirecto de un momento decisivo del cine norteamericano. Kael fue una de las primeras en advertir que algo estaba cambiando en las películas de Arthur Penn, Francis Ford Coppola, Brian De Palma o Martin Scorsese. Antes de que el rótulo "Nuevo Hollywood" organizara ese fenómeno, ella ya encontraba allí una ruptura con las formas narrativas heredadas del sistema de estudios. Sus críticas acompañaron ese proceso sin transformarse nunca en propaganda. Defendía a esos directores porque encontraba en sus películas una vitalidad que el cine industrial parecía haber perdido, no porque creyera en la obligación de respaldar una generación.

La tercera parte del volumen confirma esa amplitud de intereses. Allí conviven Jean Renoir y Jean-Luc Godard con Stanley Kubrick, Bernardo Bertolucci, Robert Altman, Luis Buñuel, Werner Herzog, David Lynch y Steven Spielberg. El índice parece una historia del cine moderno, pero leída desde el presente de quien todavía no sabe cuáles de esas películas terminarán formando parte del canon. Esa incertidumbre es una de las mayores virtudes del libro. Kael escribe sin conocer el desenlace de la historia del cine. Escribe mientras esa historia todavía está ocurriendo.

Tal vez por eso sus críticas conservan una energía que muchas reseñas actuales han perdido. No intentan demostrar que la autora tiene razón. Intentan pensar. Cada película es una excusa para discutir el gusto, la cultura popular, la industria, la violencia, el sexo, la política o el modo en que una sociedad se representa a sí misma. Las películas nunca aparecen aisladas. Son fragmentos de una conversación mucho más amplia.

La edición de Monte Hermoso entiende ese carácter. No presenta a Kael como una figura de museo ni como un nombre imprescindible al que hay que rendir homenaje. La devuelve a circulación. La compilación de Emiliano Jelicié y Fernando Krapp organiza el recorrido entre ensayos, debates y críticas, mientras la traducción de Carla Nuin y Vanesa Frejtman logra preservar una prosa que cambia de velocidad constantemente: puede ser analítica, irónica o feroz sin perder nunca la claridad. El epílogo de Wes Anderson termina de inscribir la influencia que Kael continúa ejerciendo sobre generaciones de cineastas y lectores.

Hay una paradoja que atraviesa todo el libro. Pauline Kael desconfiaba de las verdades definitivas, pero terminó convirtiéndose en una autoridad. Escribía contra los consensos y hoy forma parte del canon. Sin embargo, la mejor manera de leerla no consiste en aceptar sus juicios, sino en discutir con ellos. Probablemente esa sea la enseñanza más perdurable de Escritos a quemarropa: recordar que la crítica no nació para repartir aprobaciones, sino para sostener una conversación.

Quizá el verdadero valor de este volumen no esté únicamente en recuperar textos. Está en devolvernos una pregunta que parecía olvidada. ¿Qué esperamos de una crítica de cine? Si la respuesta es una recomendación rápida antes de comprar una entrada, Kael pertenece a otro mundo. Pero si todavía creemos que una película puede cambiar cuando alguien encuentra las palabras exactas para mirarla, entonces estas páginas no hablan del pasado. Hablan, con una lucidez incómoda, del cine que todavía estamos intentando comprender. 

Te puede interesar
Últimas noticias
MÁS VISTAS