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Crítica de “Straight”: Franco Masini y Alejandro Speitzer en los límites de lo queer-friendly

La adaptación de Marcelo Tobar de la obra teatral de Elmegreen y Fornarola no se limita al dilema romántico. Desnuda el peso de una identidad moldeada por mandatos sociales, en una era donde la diversidad se celebra, pero la libertad íntima sigue en disputa.

viernes 11 de abril de 2025

Roberto, el personaje central de Straight (2024), interpretado con contención y ambigüedad por Alejandro Speitzer, no es un protagonista arquetípico: es un hombre cis, profesional exitoso, pareja estable de Elia (una bióloga interpretada por Bárbara López) y, sin embargo, protagonista de un drama que no se ubica en lo clandestino sino en lo interno. Su crisis no nace de un descubrimiento repentino, sino del sostenido conflicto entre lo que desea, lo que siente y lo que cree que debe ser.

El guion, fiel a la obra original, construye el dilema desde lo más cotidiano: Ro descarga una app de citas gay. Lo que comienza como un gesto de exploración —¿curiosidad, insatisfacción, escape?— lo conecta con Christian (interpretado por Franco Masini), un joven con menos cargas sociales pero con un deseo más frontal, más explícito. La diferencia de edad entre ellos no solo plantea un contraste generacional sino también una distinta relación con la libertad sexual.

Marcelo Tobar, al dirigir esta adaptación cinematográfica, escapa del subrayado melodramático. Su puesta se sostiene en una estética contenida, donde la paleta de colores, el diseño de sonido y la música original de Rodrigo Dávila no ilustran emociones sino que las tensan. La intimidad es el campo de batalla y la neutralidad visual potencia los estallidos emocionales.

Straight no propone una respuesta sino una pregunta que atraviesa a toda una generación: ¿hasta qué punto somos libres de amar si el amor sigue condicionado por cómo nos autopercibimos y cómo esperamos ser percibidos?

La narrativa no hace bandera de una orientación sexual específica. Más bien, incomoda al espectador porque retrata lo inestable, lo que no encaja ni en el relato heterosexual normativo ni en la narrativa LGBTIQ+ afirmativa. Ro no niega lo que siente, pero tampoco logra integrarlo a su mundo sin consecuencias. Ahí está el núcleo del conflicto: no es salir del clóset, sino salir de un esquema emocional binario que sigue siendo dominante incluso en sociedades progresistas.

Se percibe la matriz teatral en los diálogos largos, en las escenas íntimas donde lo importante es lo que no se dice. El texto original de Elmegreen y Fornarola encuentra en el cine una ampliación de matices, sin perder la fuerza de la palabra como lugar de disputa. Tobar, en ese sentido, no convierte la obra en una película “moderna” ni la disfraza con recursos innecesarios: elige respetar el espíritu del guion y lo potencia con una puesta audiovisual sutil y certera.

 Straight es incómoda en su ambigüedad, provocadora por lo que no define, potente por lo que sugiere. No hay culpables, ni víctimas, ni redención. Hay una experiencia de amor múltiple en tiempos donde la identidad se convirtió también en un campo de marketing emocional.

En lugar de encasillar, Tobar propone pensar. Porque el amor, en esta historia, no se elige. Lo que se elige —y ahí está el drama— es si ser fiel a uno mismo implica perder a otros.

6.0
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