Festival de Tribeca
Crítica de "Guerra de verano": Alicia Scherson adapta a Roberto Bolaño en un relato sobre memoria, poder y simulación
La directora chilena Alicia Scherson, que ya había llevado al cine la obra de Roberto Bolaño con "El Futuro" (2013), vuelve a encontrarse con el escritor en "Guerra de verano", presentada en el Festival de Tribeca. La película adapta "El Tercer Reich", novela póstuma ambientada en el Chile de 1989, cuando la dictadura de Augusto Pinochet se aproxima a su fin, aunque sus efectos siguen presentes en la vida cotidiana.
La historia sigue a Udo Berger (Dan Beirne), un estadounidense aficionado a los juegos de estrategia que viaja junto a su novia Ingrid a un balneario chileno donde pasó parte de su infancia. Allí se reencuentra con Elsa, encargada del hotel y antiguo objeto de una fascinación adolescente que nunca desapareció. Mientras intenta reconstruir ese vínculo, Udo dedica gran parte de su tiempo a El Tercer Reich, un complejo juego de guerra sobre la Segunda Guerra Mundial del que es especialista y sobre el que planea escribir para una revista.
Desde sus primeras escenas, Guerra de verano (2026) se aparta de las convenciones dramáticas. Scherson construye un protagonista incómodo, socialmente torpe y ajeno a los códigos del entorno que lo rodea. Sin embargo, a medida que avanza el relato, Udo comienza a transformarse. Su confianza crece, su presencia adquiere otra dimensión y termina involucrándose en situaciones que exceden su experiencia y comprensión. La desaparición de un turista argentino y su creciente interés por Elsa funcionan como catalizadores de ese proceso.
Uno de los elementos centrales de la película es la partida que Udo mantiene con "El Quemado", un hombre marcado por la violencia política y las heridas del pasado. Lo que comienza como un enfrentamiento lúdico termina adquiriendo una dimensión simbólica. Mientras Udo elige controlar al ejército nazi dentro del tablero, su adversario se identifica con los Aliados. Scherson utiliza esa dinámica para establecer un diálogo entre la memoria histórica y las formas en que las sociedades procesan los traumas colectivos.
La película explora cómo la dictadura permanece activa en la experiencia de quienes la atravesaron, incluso cuando el contexto político parece haber cambiado. Para Udo, Chile es un escenario sobre el que proyecta sus deseos, recuerdos y fantasías. Para los personajes locales, en cambio, el pasado sigue condicionando el presente. La directora desarrolla esa tensión sin recurrir a explicaciones ni discursos explícitos, confiando en la construcción atmosférica y en los gestos de los personajes.
No todos los aspectos alcanzan el mismo nivel de eficacia. La narración adopta una estructura fragmentaria que, por momentos, diluye el desarrollo de algunos personajes secundarios y deja abiertos conflictos que parecían centrales. Asimismo, la resolución de ciertos misterios puede resultar insatisfactoria para quienes esperen una construcción más cercana al thriller tradicional. Sin embargo, esas decisiones forman parte de una propuesta que privilegia la ambigüedad antes que la resolución cerrada.
Otro de los puntos destacados es el trabajo de Dan Beirne. Su interpretación acompaña la evolución del personaje sin apoyarse en transformaciones evidentes. A través de pequeños cambios en la actitud, la mirada y la relación con los demás, el actor construye un recorrido que modifica la percepción que el espectador tiene de Udo a lo largo de la película.
En última instancia, Guerra de verano reflexiona sobre la identidad, la memoria y las formas en que los individuos reinventan su lugar en el mundo. El tablero de juego se convierte en una metáfora de las relaciones de poder que atraviesan la historia y la vida cotidiana. Scherson encuentra un espacio para dialogar con el universo de Bolaño y construir una película que combina observación política, humor incómodo y extrañeza narrativa.