Festival de Tribeca
Crítica de "Killing Castro": Al Pacino impulsa un thriller político sobre los intentos de asesinato contra Fidel Castro
Ambientada durante la visita de Fidel Castro a Nueva York en 1960, "Killing Castro" reconstruye una trama de espionaje, conspiraciones y tensiones geopolíticas en el Hotel Theresa de Harlem. La ópera prima de Eif Rivera combina hechos históricos con ficción especulativa en un thriller de ritmo sostenido que encuentra sus mejores momentos en el trabajo de su elenco, encabezado por Diego Boneta, Xolo Maridueña y un contenido pero efectivo Al Pacino.
Existe una desconfianza razonable cuando una producción de presupuesto moderado anuncia un reparto repleto de nombres reconocibles. Hollywood ha convertido en práctica habitual utilizar figuras de peso para dotar de visibilidad a proyectos que, en muchos casos, tienen dificultades para sostenerse por sí solos. Killing Castro (2026), debut cinematográfico de Eif Rivera tras una carrera vinculada al videoclip, parte de esa lógica, aunque consigue escapar parcialmente de sus limitaciones. La presencia de Al Pacino no funciona como un simple reclamo comercial y termina aportando consistencia a un conjunto coral que encuentra energía en sus interpretaciones.
La película se desarrolla durante la visita de Fidel Castro a Nueva York en 1960 para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Instalado en el Hotel Theresa de Harlem tras una disputa diplomática con las autoridades estadounidenses, el líder cubano se convierte en el centro de una operación donde confluyen la CIA, el FBI, la mafia y distintos sectores políticos interesados en frenar su influencia. Rivera aprovecha este contexto para construir un relato de espionaje que transforma el hotel en un espacio de vigilancia permanente, donde las alianzas cambian constantemente y la tensión atraviesa cada encuentro.
Uno de los mayores aciertos del film reside en el uso del espacio. Los pasillos, habitaciones y salones del Hotel Theresa se convierten en el verdadero motor dramático de la historia. Rivera mantiene un ritmo ágil durante sus noventa minutos de duración gracias a un montaje dinámico que evita desvíos innecesarios. La puesta en escena favorece la sensación de encierro y convierte al hotel en un escenario donde la amenaza parece presente en cada rincón.
Sin embargo, la eficacia formal no siempre encuentra un equivalente en el guion. El libreto de Thomas DeGrezia y Leon Hendrix intenta abarcar demasiados personajes, organizaciones e intereses simultáneamente. La acumulación de subtramas dispersa el foco narrativo y reduce el desarrollo de varios personajes secundarios. Aunque la reconstrucción histórica resulta convincente y el relato incorpora elementos extraídos de documentos desclasificados, la película no siempre consigue equilibrar sus componentes políticos con sus momentos de suspense, que en ocasiones carecen del impacto que prometen.
Diego Boneta compone un Fidel Castro que evita la caricatura y apuesta por una representación basada en el magnetismo político del personaje. También destaca la relación entre Castro y Malcolm X, interpretado por Kendrick Sampson, una línea narrativa que introduce una dimensión poco explorada en el cine comercial estadounidense al conectar las luchas afroamericanas con los procesos anticoloniales de la época. Son escenas que sugieren una película más interesante que aquella que finalmente termina desarrollándose.
La dimensión emocional recae en Xolo Maridueña como Leonel, un joven traductor reclutado por el FBI para operar como informante dentro del hotel. A través de su mirada, la película explora las contradicciones ideológicas que atraviesan el conflicto. Aunque la subtrama romántica protagonizada junto al personaje de KiKi Layne resta espacio a otras líneas narrativas más atractivas, ambos actores sostienen con solvencia un recorrido marcado por las dudas y los cambios de perspectiva.
Al Pacino, por su parte, interpreta a Frank Donovan, un veterano agente de inteligencia convencido de que la seguridad nacional justifica cualquier método. Su participación es limitada pero efectiva, y aporta el peso dramático necesario para reforzar los momentos clave del relato. Sin caer en excesos, el actor encuentra espacio para construir una figura representativa de las tensiones propias de la Guerra Fría.
El principal problema de Killing Castro aparece en su tramo final. Después de dedicar buena parte de su metraje a retratar la intervención estadounidense desde una mirada crítica, la película abandona progresivamente esa línea para acercarse a una resolución más cercana al thriller de aventuras que al drama político. Algunos giros narrativos entran en conflicto con los hechos históricos conocidos y debilitan la coherencia del discurso construido hasta entonces.
Aun así, el interés de la película no reside tanto en sus conclusiones como en las preguntas que plantea. Más que ofrecer respuestas definitivas sobre la figura de Castro o sobre la política exterior estadounidense, el film se detiene en los encuentros inesperados entre individuos enfrentados por ideologías, intereses y relatos contrapuestos. En esos momentos de observación y diálogo encuentra su identidad más definida.
El resultado es una película irregular, con varias líneas narrativas que merecían mayor desarrollo y otras que podrían haberse reducido. Sin reinventar el thriller político contemporáneo, Rivera entrega una ópera prima que busca combinar reconstrucción histórica, espionaje y reflexión política. Sus ambiciones superan en ocasiones sus posibilidades, pero el conjunto mantiene suficiente interés para sostenerse como un entretenimiento eficaz y como una mirada poco habitual a uno de los episodios más singulares de la Guerra Fría.