Teatro Politeama
Juan José Campanella aborda las cotidianidades y las sorpresas de la vida a través de “Empieza con D, siete letras”
“¿Qué pasaría si uno tuviera que empezar de nuevo? Un prospecto que me aterroriza y que le sucede a los personajes de esta obra”, planteó el director en una entrevista exclusiva con EscribiendoCine.
Si hay algo que caracteriza al arte es la diversidad. Por lo tanto, a lo largo de su camino en la vida, cada hacedor puede experimentar distintas expresiones o manifestaciones y, a su vez, diferentes facetas y roles. En el caso de Juan José Campanella, que ha transitado la escritura y la dirección, dio recordados pasos artísticos en el ámbito audiovisual nacional e internacional por medio de películas como El mismo amor, la misma lluvia (1999), El Hijo de la Novia (2001), Luna de Avellaneda (2004), El Secreto de Sus Ojos (2009) -ganadora del Premio Oscar- y Metegol (2013), mientras que, en televisión, emprendió series como Vientos de Agua (2006), El Hombre de Tu Vida (2011) y Entre Caníbales (2015). Asimismo, desplegó su talento en teatro, ya que estuvo detrás de escena en Parque Lezama y ¿Qué hacemos con Walter?
Este verano, precisamente el viernes 10 de enero, regresa a las artes escénicas con una nueva obra, Empieza con D, siete letras (2025), donde se desempeña como director y coautor (junto a su esposa Cecilia Monti). El relato, protagonizado por Eduardo Blanco y Fernanda Metilli, en el que también participan Gastón Cocchiarale y Maru Zapata, se sitúa en la sala de espera de un consultorio dental. Allí dos personajes chocan de la manera más inesperada: Miranda Delgado, una profesora de yoga en sus 30, verborrágica, carismática y con un humor tan afilado como su lengua; y Luis Cavalli, un médico retirado en sus 60, viudo y todavía buscando el manual de instrucciones de un nuevo mundo. Su relación se convierte en una montaña rusa emocional, donde el amor y el humor son los ejes principales.
¿En qué circunstancias nació “Empieza con D, siete letras”? ¿Partió de situaciones verídicas o totalmente ficticias?
Nace originalmente de Cecilia Monti, que tenía muchas ganas de escribir sobre una relación de dos mundos de distintas épocas. Así surgieron los personajes, aunque era en otro contexto, se conocían y transcurría de otra manera. Y lo hablamos tanto que yo empecé a meterme especialmente en el papel del hombre, entonces, en un momento dijimos: '¡Sigámoslo juntos!'. La historia no nace de cosas específicas que nos hayan pasado a nosotros, pero sí de mucha gente que hemos conocido, de relaciones de este tipo, y también de inquietudes. Nosotros estamos juntos desde hace mucho tiempo, 26 años, ¿qué pasaría si uno tuviera que empezar de nuevo? Un prospecto que me aterroriza, que no tengo ninguna gana, sin embargo, qué pasa en un mundo que cambió las reglas y la manera de relacionarse. Eso le ocurre a los personajes de Eduardo Blanco y Fer Metilli. Y no solamente es el encuentro, sino cómo se relacionan, se unen y se separan, las tensiones y las diferencias de dos mundos que están coexistiendo.
En la comedia es fundamental el público, ya que con su reacción termina de completar la obra. ¿cómo están viviendo esta instancia de ensayos, previa al estreno?
A mí me encanta el ensayo de teatro hasta cierto punto. Cuando se empieza a crear, nos matamos de risa, y también nos emocionamos. Con la repetición esa sensación uno la empieza a perder, pero tiene que estar fijando para que la obra la sienta el público. Ese es el momento en donde uno tiene que hacer un gran esfuerzo para recordar qué fue lo que sintió y repetirlo, tener confianza en eso. En los ensayos técnicos incorporamos la escenografía, que sube y baja, se desplaza, mientras los personajes están viviendo eso. Uno tiene que estar en la ilusión de estar viendo una historia durante dos horas, sin ningún tipo de fisura.
En esta historia, Luis y Miranda se conocen a partir de un encuentro inesperado. En tu caso, ¿el encuentro con tu profesión fue buscado/intencionado o inesperado/casual?
Apareció muchísimo antes de que yo me diera cuenta que había aparecido. Cuando yo era chico, en los años 60 y 70, había cines en todos los barrios, que cambiaban de programa todos los días. Así que, a los ocho años, me iba caminando solo a la sala. Nunca fui futbolero ni deportista, era el que trataba de llevar a todos al cine. Creo que llegué a los 14 años habiendo visto dos mil o tres mil películas en el cine. La primera vez que sentí ganas de hacer cine y de ver cómo era fue cuando vi la reposición de Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain, 1952), que tenía 14. Después, ¡Que bello es vivir! (It's a Wonderful Life, 1946) y All That Jazz (1979) fueron otras dos películas que me hicieron largar.
Estudié Ingeniería y pensé seguir cine de noche, como hobby. Descubrí el mundo del Grupo de Profesionales del Cine. Y hubo un fundido encadenado entre el cine y la ingeniería. Finalmente, en el 80, me dediqué al cine por completo.
Retomando el concepto de empezar de nuevo en la vida, que plantea la obra, pero trasladándolo a tu historia fuera de la ficción, ¿elegirías nuevamente tu profesión?
¡Sí, definitivamente! Creo que por ahí me llevaría bien, o estaría más amigable, con los nuevos formatos, quizás porque me hubiera criado con ellos. Yo me crié con otras películas en pantalla grande, con una narrativa de una hora y media/dos horas, que me gustaba, y me gusta. Cuando veo algo de una hora me parece corto, me parece que me están estafando (risas). De todos modos, el corazón es el mismo, no tiene solo que ver con contar una historia, sino con comunicarte con gente que no conocés. Es una desesperación de comunicación. Van cambiando los medios, pero la pulsión es esa.
Tomar nota
Empieza con D, siete letras se presenta, desde el 10 de enero, con funciones de miércoles a domingo, en el Teatro Politeama (Paraná 353, Capital Federal). Entradas a la venta por Plateanet.