Estreno en cines este jueves
Victoria Chaya Miranda y “Lo habrás imaginado”, una película sobre las redes de trata infantil
El film dialoga en una zona incómoda y necesaria dentro del cine argentino. Un thriller que recorre la naturalización del abuso en la infancia y las estructuras que lo sostienen.
Un médico, un familiar, un primo, un tío, un papá. No todos los hombres, pero sí muchos hombres; no todas las redes sociales, pero sí muchas páginas web. ¿Cómo hacer tolerable una conversación sobre abuso infantil? ¿Cómo hablar de la naturalización del abuso en la cultura popular?. Con estos interrogantes se encontró Victoria Chaya Miranda para dirigir Lo habrás imaginado, un filme que llega a los Espacios INCAA el 14 de mayo luego de un recorrido internacional con más de 30 selecciones oficiales y premios.
La trama se desarrolla en formato de thriller, marcado por la corrupción, las redes delictivas y las operaciones encubiertas. La historia sigue a Guille -interpretado por Carlos Portaluppi-, un agente ligado a los servicios de inteligencia que, en secreto, le sigue los pasos a Ángel, empresario interpretado por Mario Pasik y sospechado de integrar una organización de trata internacional. La investigación acerca a Guille y a Abril -personaje de Diana Lamas y sobrina de Ángel-, quien desconoce el trasfondo criminal que rodea a su familia hasta que empieza a descubrir que nada de lo que ocurre a su alrededor es lo que parece.
“Me propuse narrar el horror sin recurrir a su representación directa, pero sin suavizarlo”, dice la directora, y agrega: “Si yo te digo ‘hay un ejercicio cultural de la pedofilia', probablemente te genere rechazo. Pero si te invito a mirar alrededor y preguntar cuántas personas vivieron algo así, entonces empieza a aparecer otra comprensión”.
¿Cómo llega el proyecto a tu vida?
Las temáticas no las elijo, aparecen en mi vida, como si el universo me las pusiera enfrente hasta que necesito escribir sobre eso. Estoy muy conectada con la idea de hacer cosas que me conmueven. Lo primero que observé fue que estaba muy naturalizado haber atravesado alguna situación de abuso en la infancia, en distintos ámbitos: familiar, médico, reuniones. Esa percepción inicial me llevó a investigar y a confirmar que se trataba de un fenómeno mucho más extendido de lo que se admite socialmente.
¿Cómo fue ese proceso?
Empecé a buscar datos y a profundizar. Tenía casos cercanos, pero quise ir más allá. Pino Solanas me facilitó el acceso al Congreso contra la trata y el crimen organizado en Argentina. del cual él formaba parte -un proyecto que reunió a referentes sociales, dirigentes políticos, especialistas judiciales y organizaciones de derechos humanos para debatir sobre el avance de las redes de explotación, el narcotráfico, el lavado de dinero y la corrupción estatal en Argentina y otros países-. Ahí entendí la magnitud. La pornografía infantil está en tercer lugar de los negocios con mayor recaudación a nivel mundial, después del tráfico de drogas y de armas. Eso me impactó mucho y me llevó a preguntarme cómo traducir esa dimensión al cine.
¿Cuál fue el mayor desafío narrativo?
Contar una ficción donde los niños no estén en pantalla. Eso fue central. La película habla del tema, pero no lo muestra de forma directa, no podíamos poner infancias en pantalla expuestas a algo así. Buscamos encontrar tensión en lo que se sugiere, en lo que se reconstruye, en lo que el espectador completa sin ser una imagen literal de los hechos.
¿Te encontraste con límites durante la investigación?
Sí, en varios casos me marcaron hasta dónde podía avanzar con el pedir o compartir información. Me pidieron cautela y lo respeté. Había una persona del ámbito de la investigación que me acompañó mucho y que confiaba en que yo tenía que contar esto. Entendí que investigar no es lo mismo que crear: el arte puede no tener techo, pero la investigación implica límites claros.
¿Qué implica tomar conciencia de ese entramado?
Perder cierta inocencia. Entender que estas redes existen, que están cerca, que operan en distintos niveles. También tiene que ver con la comunicación, con poder hablar a tiempo. Hay algo en la mirada social que necesita modificarse para poder enfrentar estas situaciones. Casos como el de Epstein tuvieron visibilidad global, pero hay muchos otros, también en Argentina, como el caso Corsi -psicólogo y exprofesor de la UBA sentenciado a cuatro años de prisión por corrupción de menores, abuso sexual y por integrar una red de pedofilia- que, cuando salen a la luz, muestran la magnitud del sistema y cómo se involucra a distintas personas. Son mecanismos de presión muy fuertes que dejan a muchos actores expuestos.
¿Sentís que la película dialoga con esa agenda?
Sí, pero también siento que el cine tiene que anticiparse. Esta película llegó antes de que muchos de estos temas estuvieran tan visibles. Ya había tenido un recorrido, incluso se estrenó en 2020. Después decidí cuidarla, sostener su paso por salas y trabajarla para que llegue en una versión más madura y sólida.
¿Cómo fue ese proceso de ajuste?
En un momento me propusieron sacar la película de cartel por baja asistencia, pero decidí sostenerla. Aprovechamos para hacer cambios y profundizar su densidad. Hoy es una película distinta, más trabajada, pensada especialmente para el público en sala. Con el paso del tiempo, puedo decir que estoy muy contenta. Vimos la película con Carlos Portaluppi en una función de prensa. Él salió muy emocionado y me dijo: “Qué maravilla lo que hicimos”, y yo sentí lo mismo.
¿Qué viene después de este proyecto?
Tengo una serie que todavía no se estrenó, centrada en la intimidad y el deseo. Es muy distinta. Sentí que había que hablar del disfrute en la sociedad actual. Intento no encasillarme y ser honesta con mi proceso, incluso con el error.
Lo habrás imaginado recibió varios premios, ¿cómo lo vivieron?
Fue muy movilizante. Diana ganó como mejor actriz en Ecuador y México, donde destacaron su trabajo corporal. Uno de los premios que más me impactó fue el del Festival Internacional de Cine Político. No lo esperaba, sobre todo porque competimos con documentales muy fuertes.
¿Cómo te impactó el tema a nivel personal?
Fue muy fuerte, más de lo que imaginaba. Escribí con síntomas, con incomodidad. Aunque en la película no haya niños en escena, el tema te atraviesa. Te conecta con historias cercanas, con lo propio, y también con la idea de que existe un entramado mucho más grande que uno mismo. Además, porque es una película muy personal. La terminé poco después de la muerte de mi madre. Fue un proceso de duelo muy intenso. Sentía que tenía que terminarla por ella, por mí y por la historia de todos los niños. Tiene mucho corazón, mucho dolor transformado.