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Crítica de "El ritual del Nahual": cuando el terror se construye desde la atmósfera y no desde el impacto

La ópera prima de Carlos Matienzo despliega un relato que articula investigación policial y mitología local en los bosques de San Luis Potosí. Con una narrativa que privilegia lo sugerido por sobre lo explícito, la película encuentra en su clima, en el uso de lenguas originarias y en su construcción visual sus principales recursos, aunque el guion presenta desajustes que afectan su desarrollo.

Crítica de "El ritual del Nahual": cuando el terror se construye desde la atmósfera y no desde el impacto
EscribiendoCine-Noticine
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martes 05 de mayo de 2026

Hay una dignidad inesperada en las películas de terror que se toman en serio a sí mismas sin necesidad de gritarlo. El ritual del Nahual (2026), ópera prima del director mexicano Carlos Matienzo, es una de esas rarezas que transitan por el género con la seguridad de quien sabe que lo importante no es el susto, sino la atmósfera que lo sostiene. La película, que tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam, parte de un cortometraje homónimo de 2020 que ya había despertado el interés del público especializado. Afortunadamente, la expansión no ha traído consigo el habitual estiramiento innecesario: sus 80 minutos se agradecen.

La trama sigue dos líneas que convergen con paciencia. Por un lado, Gabriel, un hombre que emerge herido de la espesura de un bosque en San Luis Potosí y es acogido por dos curanderas que lo resguardan, pero también lo vigilan. Por otro, Vicente, un policía federal llegado desde la ciudad para investigar la aparición de varios niños muertos, algunos de ellos mutilados y sin dientes. Entre ambos personajes se teje una historia que podría haber derivado en el folletín fácil, pero que prefiere quedarse en la penumbra, alimentándose de lo que no se dice. La ambientación en los bosques potosinos, con su densidad y su capacidad para ocultar lo que sea, se convierte en un personaje más.

Pese a su limitado presupuesto, El ritual del Nahual muestra un oficio técnico a la altura de producciones mucho más caras. El maquillaje, la iluminación y la fotografía —esta última a cargo de Roberto Chávez Bañuelos— consiguen que uno no esté pensando constantemente en las limitaciones económicas. Matienzo, que ya había demostrado su pulso en el corto original, sabe que la oscuridad es una aliada y que la imaginación del espectador puede hacer el resto. El director potosino, sin embargo, en ciertos tramos no deja que las escenas respiren del todo. Momentos como la persecución del cura o la huida en coche resultan demasiado cercanos a la estética de Jeepers Creepers, rompiendo esa atmósfera contenida que la película había construido con esmero.

El reparto cumple con creces. Gerardo Trejoluna, en el papel del investigador, le imprime a Vicente una quietud que a veces roza la dignidad del héroe cansado. Gerardo Oñate, que además coescribió el guion, interpreta a Gabriel con una desesperación creíble. Alejandra Herrera y Caraly Sánchez, como las curanderas, logran ese equilibrio difícil entre lo enigmático y lo humano. Hay entre Oñate y Herrera una complicidad que energiza la pantalla, mientras que Sánchez aporta una frialdad necesaria para tender el puente entre lo sobrenatural y lo social. Todos los personajes tienen historia, y ninguna de ellas se siente como relleno.

El guion, también firmado por Oñate, es quizás el punto más discutido. Está pensado para un público que ya conoce el universo del cortometraje original, lo que genera algunos huecos narrativos y un segundo acto con tropiezos de ritmo. La sensación es que la película a veces da por hecho que el espectador sabe más de lo que realmente se le ha mostrado. Afortunadamente, el tercer acto se agiliza y el cierre, elevado por una banda sonora de corte tribal creada por Fernando Arroyo Lascuráin y Juan Carlos Enríquez, consigue dejar una huella que se queda resonando hasta los créditos finales.

Uno de los aciertos más notables es el uso de lenguas originarias. Parte del film está hablado en tének, una lengua de la Huasteca Potosina con raíces en el antiguo náhuatl y el maya. No es un adorno folclórico ni una concesión pintoresca: es parte del entramado de la historia, una capa más que añade densidad a una propuesta que ya de por sí apuesta por un terror enraizado en tradiciones mexicanas. En un panorama cinematográfico local a menudo saturado de comedias románticas recicladas, que un director apueste por el folk horror y por narrar desde mitologías propias resulta, cuando menos, un gesto a considerar.

6.0
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