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Crítica de "Fiesta Pueblo": Ignacio Laxalde y el pulso invisible de la Fiesta del Potrillo
"Fiesta Pueblo", de Ignacio Laxalde, se adentra en la Fiesta del Potrillo para observar cómo una comunidad construye su identidad en lo cotidiano.
En Fiesta Pueblo (2025), Ignacio Laxalde llega a Coronel Vidal (Provincia de Buenos Aires) con una premisa que, en apariencia, responde al registro de una celebración: la Fiesta del Potrillo. Sin embargo, lo que se despliega no es el espectáculo sino su periferia. La cámara se corre del centro y encuentra en los bordes —una peluquería, un centro de jubilados, una calle sin tránsito— el pulso de un relato que se construye lejos de la escena principal. Allí, en esos intersticios, la película empieza a decir.
En lugar de narrar los acontecimientos, Laxalde propone un relato coral sin jerarquías, donde las presencias se suceden sin buscar protagonismo. Gauchos, bomberos voluntarios, reinas de belleza y jóvenes sobre longboards comparten un mismo territorio sin necesidad de converger. No hay un eje que los unifique, pero tampoco lo necesitan: es en esa coexistencia donde el film encuentra su forma.
A medida que la fiesta se expande, también lo hace su sentido. Por un lado, persisten los gestos ligados a la tradición rural, sostenidos en rituales y prácticas que se repiten. Por otro, aparecen signos de un presente que irrumpe sin pedir permiso: autos modificados, músicas que se filtran, recorridos que no responden a la lógica del desfile. Pero lejos de plantear una ruptura, la película observa cómo esas dimensiones conviven. No hay choque ni síntesis, sino una superposición de tiempos que se despliegan en simultáneo.
Desde lo formal, esa idea se sostiene en una mirada que evita intervenir. La cámara acompaña, observa, se detiene. No hay voces ni explicaciones que ordenen el sentido. En cambio, son los gestos mínimos —una charla interrumpida, una espera, un recorrido solitario— los que construyen la textura del film. En ese registro, lo cotidiano deja de ser fondo para convertirse en materia narrativa.
El trabajo sobre la imagen y el sonido refuerza esa lógica. El montaje fragmenta sin buscar continuidad, los planos abiertos insisten en el entorno antes que en la acción y el sonido ambiente —música, voces, ruidos— se integra como parte del tejido. Nada subraya, nada dirige: todo aparece. Y en esa aparición, el espectador encuentra un espacio para mirar sin ser guiado.
De este modo, Fiesta Pueblo se desplaza de la idea de evento hacia la de experiencia. La fiesta ya no es un momento excepcional, sino un estado que atraviesa al pueblo y se filtra en sus ritmos. Lo colectivo, entonces, no se define: circula. Se manifiesta en los cuerpos, en los trayectos, en los encuentros que no buscan fijarse en un significado único.
Laxalde no intenta explicar Coronel Vidal ni su celebración. Se limita —y ahí radica su decisión— a permanecer. A observar cómo una comunidad se narra a sí misma en actos mínimos. Y en ese gesto, la película encuentra algo más que un registro: una forma de estar.