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Crítica de “Mortal Kombat”: otra adaptación cinematográfica del clásico videojuego

La vuelta al cine de este clásico relato de contienda entre fuerzas del bien y del mal naufraga en la solemnidad de una narración rancia, saturada de estereotipos y lugares comunes.

Crítica de “Mortal Kombat”: otra adaptación cinematográfica del clásico videojuego
martes 05 de mayo de 2026

Con el antecedente de una fallida versión en 1995, protagonizada por Christopher Lambert, el debutante Simon McQuoid, con el respaldo de James Wan, asume la tarea de reimaginar el universo de Mortal Kombat para la pantalla grande. Para ello, convoca a un elenco internacional con la intención de recrear la eterna lucha entre el bien y el mal que convirtió al juego en uno de los más exitosos de todos los tiempos.

El inicio resulta prometedor: la presentación de Hasashi y su familia, en una escena idílica que remite al clasicismo oriental, es abruptamente interrumpida por la irrupción del siniestro Bi-Han, quien tiñe de violencia ese mundo en apariencia armónico. Todo parece augurar un desarrollo interesante, pero pronto la película pierde ese impulso. El relato salta al presente, donde un luchador en decadencia (Lewis Tan) descubre el significado de la marca de dragón en su pecho: una invitación al combate mortal que da nombre al film, del cual depende el destino de la humanidad frente a fuerzas oscuras que buscan dominarlo todo.

Tras proteger a su familia y aceptar el desafío, Cole se une a Jax (Mehcad Brooks), un guerrero formidable; Sonya Blade (Jessica McNamee), una combatiente decidida que, aun sin la marca, insiste en participar; y Kano (Josh Lawson), un mercenario verborrágico que se suma a cambio de dinero. En paralelo, reaparece Bi-Han, ahora como Sub-Zero, un asesino capaz de congelar todo a su paso. Cada una de sus apariciones es anticipada por el mismo recurso sonoro y visual, repetido hasta el cansancio por McQuoid, lo que termina por diluir cualquier efecto de tensión.

Ese abuso de fórmulas se extiende a toda la película: Mortal Kombat (2021) se construye sobre premisas débiles que se desvanecen a medida que avanza la trama, apostando más a la nostalgia del espectador —mediante la inclusión de personajes icónicos— que a la solidez narrativa. El despliegue de golpes, efectos y estridencia intenta compensar una historia que nunca logra sostenerse.

A esto se suman decisiones cuestionables, especialmente en el personaje de Kano, donde se concentran rasgos problemáticos —misoginia, homofobia y una violencia gratuita— presentados bajo un tono pretendidamente humorístico que, lejos de funcionar, genera desconcierto. El resultado es una película caprichosa, con una progresión dramática sostenida apenas por la lógica del “huir para sobrevivir”, incapaz de capitalizar siquiera sus escenas de combate, que nunca alcanzan la intensidad esperada.

En definitiva, quienes busquen entretenimiento encontrarán una experiencia más satisfactoria encendiendo su consola y jugando unas partidas. Será, sin duda, un uso más provechoso del tiempo que enfrentarse a una propuesta cinematográfica débil, que no está a la altura de su propio legado y subestima a su público.

2.0
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