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Crítica de "Mi querida señorita": el cuerpo como pregunta, la identidad en fuga

La remake de "Mi querida señorita" retoma el clásico español nominado al Oscar desde la intersexualidad y actualiza su conflicto en un relato centrado en la identidad y su transformación.

Crítica de "Mi querida señorita": el cuerpo como pregunta, la identidad en fuga
lunes 04 de mayo de 2026

Mi querida señorita (2026), dirigida por Fernando González Molina y escrita por Alana S. Portero a partir del guion original de Jaime de Armiñán y José Luis Borau, vuelve sobre la historia de Adela (Elisabeth Martínez), una joven criada en un entorno conservador que divide sus días entre un anticuario familiar y la catequesis, sostenida por un silencio que no termina de comprender pero que marca cada una de sus decisiones. Todo cambia cuando aparecen otros cuerpos, otras miradas: un sacerdote (Paco León), un amigo que regresa (Eneko Sagardoy) y una mujer que irrumpe en su rutina (Anna Castillo). Entonces, casi sin anunciarse, llega el movimiento: de Pamplona a Madrid, del encierro a la posibilidad.

Si en 1972 la historia avanzaba entre lo insinuado y lo indecible, atravesada por un contexto que obligaba a decir sin nombrar, esta relectura corre el eje y coloca la intersexualidad en primer plano. Pero no como revelación final, sino como punto de partida. En ese desplazamiento, la duda deja de ser un límite y empieza a funcionar como impulso: no se trata de responder quién es Adela, sino de acompañar cómo se va construyendo.

El relato toma entonces la forma de un recorrido. Cada encuentro abre una grieta, cada vínculo empuja un poco más allá. No hay estaciones definitivas ni respuestas cerradas; hay, en cambio, una deriva que se sostiene en la experiencia. Por eso la película encuentra su ritmo en ese tránsito, en la posibilidad de dejar que el personaje avance sin necesidad de fijarse.

En esa misma línea, la puesta en escena construye un mundo reconocible: interiores cargados de historia, objetos que pesan, espacios donde lo íntimo dialoga con lo social. Todo aparece ordenado con una lógica que remite al cine español contemporáneo, pero sin perder de vista el pulso de lo cotidiano. A su alrededor, las presencias del universo LGTBIQ+ no funcionan como gesto aislado, sino como parte de un tejido que acompaña y expande el recorrido.

Elisabeth Martínez sostiene ese trayecto desde un trabajo hacia adentro, apoyado en los silencios, en las pausas, en los pequeños desplazamientos. Su Adela no se impone: se construye, paso a paso. A su lado, Paco León introduce una energía distinta que tensiona la escena y la abre, mientras que Anna Castillo, Manu Ríos y Nagore Aranburu orbitan ese núcleo sin desviar el centro.

En el fondo, lo que la película pone en juego es un diálogo entre tiempos. Donde antes había silencio, ahora hay exposición; donde había límite, aparece una disputa. Sin embargo, no hay ruptura total: más bien una continuidad que deja ver cómo ciertas preguntas persisten, aunque cambien las formas de enunciarlas.

Por eso Mi querida señorita no busca copiar su origen, sino volver sobre él para leerlo desde otro lugar. Y en ese gesto encuentra su sentido: no en cerrar una historia, sino en abrirla, en permitir que la identidad deje de ser un destino fijo y pase a ser, simplemente, una experiencia en movimiento.

8.0
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