Salas
Crítica de “Suerte de pinos”: Lorena Muñoz frente al silencio heredado
En "Suerte de pinos", Lorena Muñoz reconstruye el doble crimen de su bisabuela y su tía abuela en Salduero, Soria, a partir de una investigación personal atravesada por la memoria, el cine y los silencios familiares.
Suerte de pinos (2025), el nuevo documental de la directora argentina Lorena Muñoz, sigue las huellas de un episodio trágico que atraviesa su genealogía: el asesinato de su bisabuela Antonia y su hija Aurora en 1954, en la plaza del pueblo soriano de Salduero. El crimen, cometido por el esposo de Aurora, fue absorbido por la rutina de una comunidad que prefirió no hablar.
Suerte de pinos no se inscribe en el revisionismo histórico. Su lógica es otra: la búsqueda en los pliegues del olvido. La película se apoya en la voz en off de la propia Muñoz, que narra una pesquisa extendida a lo largo de más de veinte años. No hay relato heroico, sino una acumulación de rastros: fotos, documentos judiciales, entrevistas parciales, silencios heredados.
De ese proceso emerge una forma de conocimiento atravesada por lo afectivo, organizada desde una estructura narrativa precisa. El trabajo con el archivo es central. En un momento en que el documental tiende al artificio, Suerte de pinos sostiene una forma que apuesta por la transparencia y se vincula, de manera lateral, con un estilo observacional.
Uno de los momentos más densos del film aparece cuando la historia familiar se cruza con la historia del cine. En 1952, dos años antes del crimen, se rodó en la casona familiar una ficción: La laguna negra, dirigida por Arturo Ruiz Castillo. Las imágenes en blanco y negro de esa película, superpuestas con registros actuales del mismo espacio, proponen un juego entre pasado y presente que no busca estilizar la tragedia, sino interrogar el vínculo entre el cine, la memoria y el territorio.
Aunque el punto de partida es un caso específico, el documental abre una reflexión más amplia sobre la violencia de género en zonas rurales, donde las relaciones sociales son más cerradas y el peso de las jerarquías familiares, más marcado. El pueblo no aparece como mero escenario: en su arquitectura, en sus modos, en sus habitantes, se condensan lógicas que sostienen la desigualdad sin necesidad de ser enunciadas.
El recorrido de Muñoz no busca culpables ni elabora una denuncia directa. La película se detiene en las grietas de la memoria colectiva, en aquello que persiste no en lo que se dice, sino en lo que se omite. En ese registro, Suerte de pinos no se alinea con el cine testimonial, sino con una forma de meditación audiovisual sobre las condiciones del olvido y las maneras de interrumpirlo.
No hay respuestas cerradas. Tampoco voluntad de clausura. El gesto político del film, si se quiere, está en su insistencia: la de una directora que, desde el cine, pone en circulación una historia que había sido absorbida por la costumbre.
A setenta años del crimen, la pregunta por la memoria sigue abierta. Suerte de pinos no intenta responderla, pero no deja de formularla. En esa repetición, encuentra su fuerza.