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Crítica "La viajera": La nueva alianza entre Isabelle Huppert y Hong Sang-soo
En "La viajera" (Yeohaengjaui pilyo, 2024), de Hong Sang-soo, Isabelle Huppert interpreta a una mujer francesa que vive en Corea y se gana la vida como profesora de francés.
El prolífico director coreano volvió a estrenar en el Festival Internacional de Berlín su nueva película. Y, una vez más, se llevó un premio importante: el Gran Premio del Jurado.
En su tercera colaboración con Isabelle Huppert —tras Woman on the Beach y Oki’s Movie—, se percibe en el film la conexión y complicidad construida entre el realizador y la actriz. Más que un gesto casual, la película nace del deseo mutuo de trabajar juntos. Se construye a partir de una excusa mínima y da la impresión, en un primer vistazo, de un trabajo menos elaborado en sus diálogos, como si apostara más a la improvisación y al hallazgo derivado del encuentro afectivo. Algo de esto ya estaba presente en sus trabajos anteriores: En otro país y, sobre todo, La cámara de Claire, esa deriva por Cannes durante el festival internacional, con el evento como telón de fondo, apenas fuera de campo.
Confiando sólo en su creencia en el cine —y en el registro de ese encuentro—, a Hong le alcanza para componer una de las obras más accesibles de su filmografía. Huppert interpreta a una francesa (o una mujer que afirma serlo) que deambula por un parque en Corea. Escucha música y conversa, en un rudimentario inglés, primero con una mujer y luego con otra. Se irá revelando que tiene un método singular para enseñar francés: uno que ella misma ha inventado y sobre cuya eficacia no tiene certezas. Su propuesta consiste en hablar con cada alumna durante un buen rato, conocer detalles de sus vidas y, a partir de lo que cuentan, armar dos o tres frases que las definan. Esas frases, escritas en un papel, se convierten en un mantra que las estudiantes deben repetir. La idea es que, al surgir de una conexión emocional, el idioma se incorpore de forma más rápida y profunda. Esa es la tesis; ese, el método. Pero la película no busca comprobar su efectividad. La búsqueda de Hong va en otra dirección.
La relación de esta aparente buscavidas —que vive en la casa de un joven mucho menor, hecho que provoca sorpresa y reparos en la madre del muchacho— con sus interlocutores se construye en cada intercambio. La posibilidad de conectar, pese a las barreras, se concreta. Y lo hace, como es habitual en el universo de Hong, con la ayuda del alcohol: esta vez, el makgeolli. La magia sucede ante nuestros ojos.
En ese sentido, estas películas habladas en un tercer idioma —como ocurría en En otro país— condensan una de las marcas de estilo del realizador: los diálogos no remiten directamente al tema del film. Aquí, además, son particularmente básicos, reiterativos, producto del manejo limitado del inglés por parte de todos los personajes. Sin embargo, la película —como la vida— fluye en las miradas, en el esfuerzo por comunicar y comprender, en la necesidad de vincularse con el otro.