Sala Lugones y Malba
Crítica de "El mensaje": Iván Fund y una travesía narrativa de vínculos en movimiento
La nueva película de Iván Fund se sitúa en un escenario de cambio, en el cual el relato se articula a partir de un recorrido por paisajes y realidades que conectan lo cotidiano con lo insólito.
Luego de cinco años sin presencia argentina en la Competencia Oficial del Festival Internacional de Cine de Berlín, aquí tuvo su premier mundial El mensaje (2025), del talentoso director Iván Fund (Los labios, co-dirigida con Santiago Loza, Vendrán lluvias suaves, Piedra noche). Desde 2020 con el estreno de la excelente El prófugo, de Natalia Meta (que no se llevó premio alguno) que nuestro cine no participaba de esta sección.
El premio del jurado para esta película parece tan merecido como injusto si se atiende a la inanidad de la mayoría de los largometrajes en competencia (en particular la de quienes se alzaron con el Oso de Oro y el Gran premio del jurado Drømmer, dirigida por Dag Johan Haugerud y O último azul, de Gabriel Mascaró, respectivamente).
El mensaje es una road movie. Es también una película a la que podríamos incluir dentro del género fantástico. Sin embargo, sabemos que a Fund le interesan más los lazos familiares, amorosos y de amistad que la ciencia ficción en sí misma. Formado (por historia y por pertenencia generacional) en el cine de Steven Spielberg, su mirada se apropia y hace suya (de alguna manera) ese modo de contar y de pensar en lo humano más allá de lo fantástico. La referencia no implica una correlación de formas o temáticas, pero sí –entiendo- una mirada sobre el mundo y el cine.
En la película nos encontramos con una familia conformada por la niña Anika (de unos 10 años, interpretada por Anika Bootz) y quienes la tienen a su cargo, Myriam y Roger (interpretados por Mara Bestelli y Marcelo Subiotto, impecable pareja protagónica que repite la de Piedra noche). Vemos a “la familia” en acción mas no sabemos cuáles son los lazos que los unen. Tienen un particular negocio en el cual se ofrecen los servicios de Anika para comunicarse con mascotas y animales. Como Myriam se encarga de repetir, para los problemas de salud de los animales están los veterinarios; pero para saber de (y en su caso, solucionar) sus problemas del alma, la intermediación de la niña permite una conexión en principio fantástica.
El mundo de los niños interesa siempre a Fund. Por lo demás, ¿quién no ha soñado, no solo de niño, poder hablar con su mascota? Ese es el punto de partida, humano y sensible, para que acompañemos a esta familia por las polvorientas rutas de provincia. Las paradas en la banquina, el robar choclos de algún campo, el trabajo de promoción del servicio para un canal local, los momentos se suceden sin prisa, quedándose en imágenes y sonidos inolvidables, que nos acompañan mucho después de terminada la proyección de la película. Así vamos descubriendo cuál es la relación que une a esa familia (después se sumará la madre de Anika, interpetada por Betania Cappato, su madre en la vida real).P
Pero así como lo fantástico es una excusa, también lo es la realidad de aquellos vínculos. El mensaje logra el improbable milagro de filmar el amor y la empatía. Más que investigar en el árbol genealógico de los protagonistas o indagar sobre la veracidad del pretendido don de la niña, la película propone un sueño despierto en el que ello efectivamente es posible. A medida que avanzan los minutos, ya no ponemos en duda las habilidades de Anika; sí nos interesa ella y su familia.
La excelente fotografía (en blanco y negro) del siempre sólido y sutil Gustavo Schiaffino y el diseño sonoro de Leandro de Loredo y Omar Mustafá ayudan a que entremos en ese mundo que al no advertido podrá parecer algo onírico y hasta surrealista, pero que nos resulta tan cercano y conocido para quienes vivimos en Argentina.