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Crítica de "Tres cruces": Un retrato de las huellas del abuso sexual eclesiástico en la Argentina

El documental "Tres cruces", dirigido por Alejandro Rath, expone las marcas del abuso sexual infantil en la Iglesia argentina, enfocándose en el proceso íntimo, político y social de tres sobrevivientes que deciden hablar y romper con la cultura del encubrimiento clerical.

martes 10 de junio de 2025

Tres cruces (2024), dirigido por Alejandro Rath, aborda uno de los temas más silenciados de la historia reciente argentina: el abuso sexual infantil en el seno de la Iglesia Católica. A través de los relatos de Sergio, Alexis y Carla, el documental descompone los mecanismos de poder que sostienen el silencio institucional y muestra cómo la memoria personal puede devenir herramienta de lucha colectiva.

En los últimos años, las denuncias contra miembros del clero por abuso sexual se han multiplicado. En Argentina, según diversos relevamientos periodísticos, al menos 128 sacerdotes fueron denunciados. De ellos, solo 31 recibieron condenas judiciales y apenas 28 fueron expulsados del sacerdocio. Estas cifras no solo reflejan la dimensión del problema, sino también el funcionamiento de un sistema de encubrimiento estructural que se sostiene como práctica habitual dentro de la institución eclesiástica.

Sergio fue víctima de su tío, un sacerdote en Entre Ríos. Su relato condensa los pactos familiares e institucionales que naturalizan el abuso. Alexis, ex monaguillo en Gualeguay, fue abusado por el autodenominado “cura sanador” Juan Diego Escobar Gaviria, condenado en 2017. Carla, mujer trans, sufrió abusos por parte del cura Emilio Lamas y hoy recurre a la performance como forma de denuncia pública, en un gesto que enlaza su tránsito personal con la militancia política.

Lo que Tres cruces expone no es simplemente una sucesión de casos, sino una genealogía del control clerical sobre los cuerpos infantiles, en especial en territorios rurales y contextos vulnerables, donde la Iglesia mantiene una autoridad simbólica arraigada. Además, la película opera a la vez como archivo de memoria y como intervención política. Rechaza el morbo y la espectacularización del trauma. En su lugar, opta por la intimidad como campo de resistencia, donde los cuerpos, las identidades y las trayectorias vitales se reconfiguran frente a la violencia y al mandato de silencio.

La cámara de Rath evita los lugares comunes del documental de denuncia. Se apoya en planos cercanos, testimonios cuidadosamente construidos y recursos performáticos que subrayan el carácter político de la memoria. No hay espectáculo del sufrimiento, sino una articulación precisa entre relato, cuerpo y verdad: la infancia arrebatada se transforma en lucha presente.

Tres cruces propone escuchar, empatizar y visibilizar. Porque no hay reparación sin verdad, ni justicia sin memoria. Cada testimonio interpela a una sociedad que aún tiende a mirar hacia otro lado. Y propone, con crudeza pero también con dignidad, transformar el dolor en testimonio y el silencio en acción colectiva.

6.0
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