Salas

Crítica "Una casa con dos perros": La infancia como zona de combate

En su ópera prima, Matías Ferreyra ambienta en la crisis argentina del 2001 un drama familiar opresivo que conjuga ecos del cine de Lucrecia Martel con una sutil alegoría sobre la infancia como territorio sitiado. Entre espacios invadidos, la muerte simbólica, y una abuela que ve lo que nadie ve, el director construye una inquietante fábula sobre el desamparo.

martes 27 de mayo de 2025

En Una casa con dos perros (2025), Matías Ferreyra debuta con una propuesta cinematográfica en apariencia mínima pero de resonancia íntima y política. En medio de la Argentina colapsada de 2001, la película no retrata la crisis desde el exterior sino desde su núcleo más íntimo: el hogar como campo de batalla, el niño como rehén.

Manuel, interpretado por Simón Boquite Bernal, es testigo y víctima de una guerra que no estalla con bombas ni disparos, sino con silencios, tensiones acumuladas y miradas que perforan. Su familia —más que protegerlo— lo arrincona en una casa invadida, gobernada por la figura espectral de La Tati, una abuela tan áspera como visionaria, que encarna una especie de oráculo doméstico y al mismo tiempo una bruja pasiva-agresiva del subconsciente argentino.

La casa es más que un escenario: es un personaje en sí. Un cuerpo vivo, hostil, dividido en trincheras invisibles, donde cada metro cuadrado se convierte en una disputa por el poder simbólico. En este espacio sin refugio, la lógica del adulto coloniza y desplaza. La muerte del perro —nunca resuelta del todo— es el primer síntoma de una atmósfera donde lo muerto convive con lo no resuelto.

Ferreyra filma con un pulso cercano al de Lucrecia Martel, pero sin copiarla. Hay en sus encuadres fijos, en la atención al fuera de campo, y en los sonidos que raspan el aire, una voluntad de incomodar sin subrayar, de hablar sin decir, de mostrar sin mostrar. El fuera de campo no es solo visual: es emocional, histórico, político.

La película es también una genealogía de lo roto: una línea hereditaria de traumas, omisiones y secretos familiares que estallan sin hacer ruido. La figura del tío Raúl, la pasividad del padre, el exilio emocional de la madre, forman una constelación disfuncional que encapsula las heridas de una generación.

Pero en el centro de esa podredumbre afectiva, la relación entre Manuel y La Tati se vuelve una anomalía subversiva. Allí donde no debería haber ternura, Ferreyra encuentra una complicidad inesperada, una forma de resistencia mínima y casi mística: la posibilidad de ver lo que no se ve, de reconfigurar el relato heredado, de encontrar libertad en el margen.

Ferreyra evita la pirotecnia narrativa. Prefiere la tensión latente, la incomodidad prolongada, el clima por sobre la anécdota. La elección del punto de vista infantil, lejos de la ingenuidad, funciona como un lente deformante que intensifica la violencia soterrada del mundo adulto. La cámara se queda donde el espectador quiere huir, en una apuesta incómoda pero necesaria.

Una casa con dos perros no pretende cerrar sentidos. Como los mejores relatos simbólicos, es una herida abierta, un testimonio del desamparo que sobrevive aún después de los títulos finales.

7.0
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