Trump impone arancel del 100% al cine extranjero y busca salvar Hollywood
Hollywood protegido, INCAA desmantelado: el espejo entre EE.UU. y Argentina
En un giro que sacude a la industria audiovisual global, Trump anunció un impuesto del 100% a todas las películas extranjeras. Mientras en EE.UU. blindan a Hollywood, en Argentina se desmantelan los mecanismos de fomento al cine nacional, revelando dos modelos culturales opuestos.
Donald Trump lo volvió a hacer. En su plataforma Truth Social, el presidente republicano anunció este domingo un arancel del 100% sobre todas las películas extranjeras, con el objetivo de reactivar la industria cinematográfica nacional, a la que calificó como “moribunda”. El nuevo gravamen será implementado “de inmediato” por el Departamento de Comercio y la Oficina del Representante Comercial, bajo las órdenes de Howard Lutnick y Jamieson Greer, respectivamente.
“El cine estadounidense está muriendo rápidamente porque otros países ofrecen incentivos desleales. Hollywood y muchas regiones de EE.UU. están siendo devastadas”, disparó Trump, en un tono que recordó más a su retórica electoral que a una política cultural deliberada. La medida, sin precedentes desde los años 30, afecta directamente al mercado global del cine e intensifica la tensión comercial con China, que ya había respondido con una reducción de importaciones de películas de Hollywood.
El anuncio de Trump reavivó un debate latente también en Argentina, donde el sector audiovisual lleva años lidiando con recortes presupuestarios, cierres de líneas de fomento del INCAA, y un sostenido proceso de desregulación del mercado cultural. Sin embargo, el camino local ha sido exactamente el inverso: en lugar de arancelar el contenido extranjero, se ha dejado de financiar el nacional.
Mientras que Estados Unidos busca blindar su cine, en Argentina se desprotege el cine propio. El resultado es paradójico: en nombre de la "libertad de mercado", el país ha favorecido indirectamente la hegemonía del contenido foráneo —series y películas de plataformas—, sin exigir contraprestaciones ni regulaciones específicas que garanticen la cuota de pantalla o el reintegro de inversión en producción local.
El paralelismo es elocuente: Trump impone barreras para proteger a Hollywood; Argentina, en cambio, desmantela sus herramientas de fomento, confiando en una supuesta autorregulación que nunca se cumple.
La decisión de Trump se suma a una lista creciente de medidas proteccionistas que han marcado su retorno al poder. En abril ya había anunciado aranceles a productos de decenas de países, reactivando la guerra comercial con China. Pekín respondió rápidamente: menos cine de Hollywood en su territorio. En cifras, el mercado chino representa más del 30% de los ingresos internacionales de la industria estadounidense, y esta pérdida podría significar un golpe mortal para los grandes estudios.
Según analistas del sector, el arancel del 100% es visto como una “medida desesperada” para recuperar poder de fuego frente al auge del cine asiático y europeo. La pregunta es si funcionará: ¿quién podrá reemplazar el flujo cultural global que va de Cannes a Berlín, de Netflix a Mubi, del nuevo cine argentino al indie coreano?
Si algo muestra este episodio es que la batalla por la cultura ya no es simbólica, sino económica. Mientras Trump refuerza sus trincheras, en muchos países el desarme cultural es voluntario. La medida revela también una oportunidad: repensar políticas públicas que no consistan solo en cortar fondos o cerrar institutos, sino en diseñar estrategias soberanas para proteger y proyectar la producción nacional.
En el espejo del trumpismo, Argentina aparece no como una víctima del libre mercado, sino como una socia pasiva de su lógica.