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Crítica de "La última parada de Arizona": Cuando Tarantino se fue de road trip con los Coen
Francis Galluppi debuta con un thriller tenso y cargado de humor negro donde una simple gasolinera se convierte en un cóctel de tensión, crimen y sudor. Con ecos de Tarantino y los hermanos Coen, esta película independiente, premiada en Sitges, demuestra que menos es más.
Cuando un vendedor ambulante de cuchillos se queda varado en una gasolinera perdida en el desierto, lo último que espera es que la peor parada de su vida lo meta en medio de un robo bancario. Pero La última parada de Arizona (The Last Stop in Yuma County, 2023) no es solo un thriller de rehenes; es un manual de tensión cinematográfica con una clara lección: no subestimes nunca un lugar donde el calor derrite hasta las decisiones más sensatas.
Jim Cummings lidera un elenco que se mueve con la precisión de un mecanismo de relojería dentro de una historia que recuerda a Sin lugar para los débiles (No Country for Old Men, 2007) si Anton Chigurh tuviera un hermano menos carismático y un auto sin combustible. La película se apoya en una estética minimalista pero efectiva, donde cada gesto y cada silencio pesan más que cualquier balazo. Francis Galluppi entiende que el verdadero terror no siempre está en la acción, sino en la anticipación de lo inevitable.
Lo que hace que La última parada de Arizona funcione no es solo su trama sencilla, sino su capacidad para generar tensión sin sobrecargar la narrativa con diálogos innecesarios o monólogos pretenciosos. Aquí no hay discursos kilométricos sobre la naturaleza del crimen ni referencias pop disfrazadas de filosofía barata. Es cine negro en su versión más pura, con la crudeza de un western moderno y el ritmo de un reloj de arena al que le quedan pocos granos.
Jocelin Donahue aporta una presencia magnética a un reparto donde todos entienden su papel y lo ejecutan con precisión quirúrgica. Mientras la tensión crece y la situación se vuelve más sofocante que el propio calor del desierto, la película juega con el espectador hasta que la cuerda está tan tensa que no queda otra opción que el estallido final.
Galluppi no oculta sus influencias y deja que el ADN tarantinesco se filtre en cada rincón de su película. Desde los encuadres cerrados que transmiten claustrofobia hasta los diálogos cargados de una tensión incómoda, todo recuerda a los mejores momentos de Tiempos valientes (Pulp Fiction, 1994). Los personajes, aunque atrapados en una situación límite, intercambian miradas y frases con el tipo de calma calculada que precede a la tormenta. El humor negro, otro sello de Tarantino y los Coen, se desliza entre los momentos de mayor tensión, recordando que en este universo de crímenes y casualidades, el destino puede tener un sentido del humor retorcido.
La última parada de Arizona no es solo un debut prometedor, sino una declaración de principios: el thriller no necesita artificios para ser efectivo, sino una buena historia y un director que sepa contarla. La dirección de Francis Galluppi es calculada, precisa y, sobre todo, consciente de sus limitaciones, lo que la hace aún más poderosa. Con un estilo visual y narrativo bien definido, demuestra que el cine independiente puede competir con las grandes producciones sin recurrir a efectos especiales millonarios.