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Crítica de "Marisa y Gomoso": Un Ted versión conurbano criado a Pitusas y Manaos
“Marisa y Gomoso” es un festín de irreverencia, humor crudo y un vistazo gamberro a esta vasta región que se extiende a las afueras de Buenos Aires.
Marisa y Gomoso (2023) es una comedia salvaje, de esas que te agarran sin avisar y, para bien o para mal, no te sueltan. El realizador Pablo Parés, conocido por su mirada fresca sobre la cultura argentina, crea un relato que no busca suavizar nada, sino más bien, llevarte al límite de lo grotesco y lo cómico, con un enfoque tan directo que no da respiro.
Marisa Lagarfa (Bianca Temperini), la estrella del programa infantil "Marisa y Gomoso están de fiesta", se separa de su relación de toda la vida y vuelve al barrio de su infancia. Tras reencontrarse con Gomoso, su ex compañero de la TV, intentará adaptarse a su nueva vida en el conurbano bonaerense
El eje central de Marisa y Gomoso recae sobre Gomoso, interpretado bajo su traje por Nacho Joshas (Bruno Motoneta, 2018) un personaje completamente desfachatado, grosero y de una irreverencia tan propia de la cultura del conurbano. Aquellos que no están familiarizados con este sector pueden imaginarlo como la periferia del Gran Buenos Aires, una zona de densidad urbana, pero también de contrastes y contradicciones sociales. El conurbano es un caldo de cultivo perfecto para este tipo de humor porque tiene todo: marginalidad, pobreza, tensiones, pero también una enorme carga de identidad, de ese costumbrismo que, más allá de las carencias, se mantiene tan vívido en su cultura popular.
Gomoso, con su humor ácido y a veces hasta repulsivo, es el alma de la película. Este personaje, casi una caricatura del porteño desubicado, desata situaciones que rozan lo absurdo, pero que, en su desenfado, muestran una gran verdad sobre esa realidad argentina. Su humor es, en muchos aspectos, similar al personaje de Ted (Ted, 2012), esa película estadounidense con un oso parlante que cobra vida, pero llevado a un terreno completamente local, donde las malas palabras se tiran con total desprecio y la crudeza no se disfraza ni un segundo. El contraste entre el personaje de Gomoso y Marisa, una figura que se ve atrapada en las situaciones a las que el personaje la arrastra, es lo que permite que esta película sea tan divertida: una mezcla de lo absurdo con lo cotidiano, lo grotesco con lo genuino.
La dirección de Pares, si bien menos técnica en comparación con otros films de corte similar, brilla precisamente en no intentar sobrecargar la película con complejidad visual innecesaria. La narración va al hueso, se siente suelta, casi como si la historia fuera contada entre amigos, en una charla de esas que se dan en la vereda de un barrio. No hay grandes vuelos técnicos ni excesos formales; la película se mantiene simple, directa y muy de este lado del charco. Hay una belleza en la simplicidad de los planos, en la forma en que las situaciones cotidianas, por más grotescas que sean, se convierten en el verdadero centro de la película.
Claro que la falta de una mayor pulcritud técnica en la realización puede ser vista como una falta de cuidado o de ambición, pero, en este caso, lo que nos ofrece Pares es precisamente un acercamiento sin adornos a la realidad que nos muestra. Si hay algo que la película sabe hacer a la perfección es no vestirse de nada que no sea lo que es. Y eso, en el mundo del cine argentino, es una propuesta valiente.
Ahora, si de algo no se puede acusar a la película es de no ser fiel a su tono. El uso del grotesco, lo irreverente, lo casi vulgar, es algo que está enraizado en la identidad argentina de una forma inconfundible. El conurbano, como espacio social y cultural, tiene una conexión particular con ese humor desenfrenado, que no respeta ni a la autoridad ni a las normas de etiqueta. Es un humor muy arraigado en lo popular, un poco al estilo de los personajes que recorren las películas de Gaspar Noé o los trabajos más oscuros de los hermanos Dardenne, pero con una impronta bien local.
En cuanto al personaje de Gomoso, es difícil no reírse de las situaciones en las que se ve envuelto, incluso si en algún punto uno puede sentirse incómodo ante la crudeza del personaje. Pero ese es el punto: Marisa y Gomoso no busca agradar, sino hacerte reflexionar sobre lo que hace reír, sobre cómo esa exageración, esa falta de filtro, muchas veces está presente en nuestra vida cotidiana, solo que en una escala mucho menos escandalosa.
Básicamente no le teme a nada. Es cruda, directa, y tan local que hasta quienes no son de Buenos Aires o del conurbano pueden sentirse un poco perdidos al principio. Pero eso no le quita mérito; al contrario, le da un sello único. Pares logra balancear la crítica social con un humor negro que, aunque pueda parecer chocante para algunos, termina siendo la clave de su encanto. Si te gustan las películas que no tienen miedo de ir al límite, que no buscan complacer al público, Marisa y Gomoso es una apuesta segura.