Reestreno en el Teatro Astral

“Antígona en el baño”: una comedia delirante y frenética con Verónica Llinás, Darío Lopilato y Héctor Díaz

“Antígona en el baño”: una comedia delirante y frenética con Verónica Llinás, Darío Lopilato y Héctor Díaz

“Antígona en el baño”: una comedia delirante y frenética con Verónica Llinás, Darío Lopilato y Héctor Díaz
lunes 21 de octubre de 2024

Hay un baño luminoso y refinado, que no carece de bañera, inodoro, ni videt, tampoco le faltan cuadros, espejos, estatuas, flores o velas. Se trata de un baño que ocupa tanto espacio como un escenario teatral, del que provienen gritos, llantos, risas y distintas voces. Quienes quieran descubrir qué sucede en ese lugar tan íntimo como misterioso deben acercarse al Teatro Astral (Av. Corrientes 1639, CABA) los viernes, sábados y domingos por la noche y ver la obra Antígona en el baño, protagonizada por Verónica Llinás, Darío Lopilato y Héctor Díaz.

La nueva temporada de la comedia coescrita por Facundo Zilberberg y Llinás, y codirigida por Laura Paredes y Linás, propone un encuentro escénico desopilante y sorprendente. Todo comienza cuando Ignacia (Verónica), una estrella de otro tiempo, está a punto de salir a las tablas después de un largo exilio en la televisión. A la edad y la decadencia del cuerpo se suman otros miedos inconfesables. Para ello, el hijo de su representante de siempre (Lopilato), hace lo que puede para estar a la altura, al igual que un insólito “coach ontológico” (Díaz) especialista en asistir a víctimas de tragedias. Juntos afrontan una jornada tan impredecible como graciosa. 

Detrás de escena: entrevista con el trío protagónico

Verónica, dentro del espectáculo encarás distintos roles: actuación, dramaturgia y dirección. ¿Cómo experimentás las tres instancias?

Verónica Llinás: La previa es de mucho nervio, porque decís, “Soy el capitán de un barco, si naufraga soy la responsable”. Después, es muy lindo sentir que uno puede llevar todos estos roles al mismo tiempo. En un momento era una pregunta si podría hacerlo bien. Fue muy lindo verificar que sí, que podía, que no me equivoqué en el equipo que elegí para acompañarme. Gente muy generosa, amorosa, contenedora, que me permitió cubrir todos esos roles y no sentirme presionada ni aterrada. Por eso, es muy importante con quién uno se rodea.

Al tratarse de un reestreno, ¿qué singularidades encuentran de cara a la nueva temporada?

Héctor Díaz: Fueron períodos muy diferentes. Hubo una primera instancia acá, en el Teatro Astral, con otro elenco, donde estaba Esteban Lamothe. Luego, hubo una etapa de gira muy enriquecedora para la obra, recorriendo todo el país y Uruguay, muchos puntos donde te cambia la perspectiva de la obra, porque la reciben nuevas miradas. Entonces, uno adapta el espectáculo a ese nuevo esquema, cambiando de sala permanentemente, y eso vuelve a uno más diestro en algunas cosas. Siento que volvemos al Astral con una obra engordada, con otros condimentos, con más precisión y mejor ritmo. Son cosas que siempre se van acumulando por la cantidad de funciones. Antígona en el baño es una comedia muy elástica, que gusta a diferentes tipos de público y hay una garantía de que produce risas. Así, uno se confía más como actor y dice, “¡Tengo con qué defender este material!”.

Darío Lopilato: Es muy loco lo que pasó conmigo. El año pasado entre Casados con Hijos en el Gran Rex y Córdoba tuve unas semanas liberadas y fui al teatro. En esa ocasión, vine a ver a Verónica, Héctor y Esteban, la obra me encantó, me rompió la cabeza, pero en ningún momento pensé, “Me gustaría jugar ese partido”. Luego, cuando terminé una temporada de teatro en Mar del Plata y tenía que viajar a México para hacer un programa, apareció esta propuesta y dije “¡Ay, me encanta!”. Así que me metí en esta gran aventura de Antígona en el baño. Primero la disfruté como espectador, y ahora arriba del escenario. Es muy lindo lo que sucede con la gente. ¡Me encanta mover al público de la butaca!

Una puesta que retoma la tragedia y la comedia, como las dos caras del teatro…

V.L: Hay que aclarar que, antes que nada, el espectáculo es absolutamente una comedia, no una tragedia cómica ni una comedia trágica. Lo que pasa es que se inspira en una tragedia de Sófocles, Antígona. En este caso es la historia de Ignacia, una actriz que va a hacer esa tragedia modernizada y que está encerrada en el baño con un ataque de pánico total, ¡no quiere salir!

D.L: ¡Es hermoso! La obra la puede ver gente que sabe de tragedia griega y gente que no. Si alguien viene con una breve información del mito de Sófocles le va a encantar, y en caso que no le va a fascinar. Hay momentos de comedia que se viven como tragedia, ¡pero siguen siendo comedia!

Respecto al género, ¿cuáles son los motores a la hora de hacer comedia, ya sea arriba o debajo del escenario?

V.L: ¡Yo busco la risa! Obviamente no la risa vana ni estúpida, que donde diga “¡Culo!”  la gente se ría. Los gags son piezas casi de relojería. Me interesa trabajar eso. Siento que la risa es una especie de viabilizador de las ideas.

D.L: Vos podés ensayar durante cinco o siete meses una obra de teatro, ya sea comedia o drama, y el que te da el veredicto final es el público el día del estreno, y te va marcando la obra todas las funciones. Tenés un remate y un día lo tirás de otra manera, se van generando diferentes respuestas. El teatro es el hecho vivo que hoy en día tenemos. Ya no es una plataforma, una serie o una novela, ¡es el hecho vivo artístico arriba del escenario!

H.D: La comedia es el género que más termina de zurcirse y armarse cuando uno se enfrenta al público. En el período de ensayos es muy difícil porque uno va perdiendo el registro del humor, es decir, lo que a uno le daba gracia al principio, por repetición de ensayos empieza a perderse. Por lo tanto, uno vuelve a reencontrarse con esa zona del género cuando ve al público, que responde y se sorprende. Algunas cosas uno previó que iban a suceder, pero también suceden nuevas, absolutamente inesperadas. En una comedia, los primeros dos meses de funciones son bastantes cruciales y determinantes para todo lo que sigue. Aunque después cada función es un mundo en sí mismo. Sin dudas, hay una partitura que cumplir, sin embargo, se acomoda todo en base al timing y las intensidades de cada presentación.

El título de la obra refiere a un espacio hogareño muy íntimo. Fuera de la ficción, ¿cómo se vincula este lugar con sus profesiones?

V.L: El baño es un lugar muy clave para los actores. Muchas veces, en muchas casas, es donde uno realmente puede estar solo. Sabés que no te van a abrir la puerta, sobre todo si la cerrás (risas). Es un lugar tan privado que uno puede darse ciertos permisos, practicar cosas. La gente canta ahí, ya que tiene como un eco. Y uno prueba distintas cosas, quién es y cómo se ve en el espejo.

D.L: ¿Quién no ha pasado la letra mirándose al espejo, o cantando en la ducha? Se dice que cuando uno canta en la ducha, con el vapor y todo, se escucha y tiene cierta voz. ¡El tema es cuando sale de ahí! (risas). Las cosas más íntimas suceden en el baño.

H.D: Para nosotros, es un espacio de trabajo, concentración, lectura, estudio, repaso de letra. Uno se siente bastante libre para probar cosas. A mí me gusta estar ahí, a veces me tienen que sacar del baño, porque leo mucho y pruebo cosas delante del espejo. ¡Es un lugar de juego!

Hay una frase proveniente de la mitología griega, que circula en el imaginario popular, y plantea que el destino de cada uno está escrito. Ustedes, en sus caminos artísticos, ¿creen en esas cuestiones y siguen señales, o no?

V.L: No sé, no lo pienso mucho. Voy para adelante según lo que me vibra en el cuerpo, así elijo los proyectos, es como el famoso “tilín”. Por ejemplo, Antígona en el baño me hizo “tilín” desde la primera vez que la leí. No sé si era que estábamos destinadas una con la otra. Sí sé que cuando Facundo me pasó la primera versión yo le dije que no la podía hacer porque había ciertas situaciones que lo impedían. Y le di vía libre para que la hiciera con otra persona, a lo que él me respondió, “Si vos decís que te gusta, yo te espero”. Yo quería hacerla, pero no en ese momento, y me aguardó. Pasaron años… ¡y aquí estamos!

D.L: Creo mucho en Dios, y todo tiene un propósito. Cuando las cosas se dan es porque se tienen que dar, y es lo que me sucedió con esta obra, ¡me quería dar el gusto de laburar con la capacómica de Verónica y el monstruo de Héctor!

H.D: ¡Es algo en lo que estuve pensando muy recientemente! Nunca le había dado mucha bolilla a ese asunto, y hoy que empiezo a ver algunos frutos de la actividad y alguna acumulación de cuestiones que le van pasando a uno, que quizás en un momento las caratulé de casuales, me doy cuenta de que también hay algo esperándolo a uno, escondido, que no se muestra tanto la cara. Ahora, me estoy dando cuenta que estaba ahí, y que uno también estuvo haciendo lo suyo para aportar en esa dirección, aunque fuera una zona inconsciente. En este momento, hay una especie de encuentro cara a cara con algo vinculado al destino.

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