Gaumont
Crítica de "Continuará...": Cuando el amor al cine y al fílmico es más fuerte
Tanto el director y guionista Fermín Rivera como su codirector, narrador y DF, Emiliano Penelas, han forjado un verdadero canto de adhesión y pasión por el cine en su original soporte fílmico, sin evitar los problemas e inconvenientes que esto trae, amén de demostrar lo difícil que se hace aun hoy día el de asegurar una larga vida al otro soporte: el digital.
A Suivre fue una excelente revista de historietas y tiras cómicas francobelga que reinó durante dos décadas en el último cuarto del Siglo XX. Por allí anduvieron con sus historias y/o ilustraciones grandes maestros de ese arte (incluidos argentinos) como Hugo Pratt, Milo Manara, Alejandro Jodorowsky, José Muñoz, Jean Giraud (Mœbius), Enki Bilal y entre otros, Carlos Sampayo. Siempre se relacionó al diseño y diagramación de los comics (también llamados en otras latitudes tebeos, monitos, animé) con los storyboards de las películas. O sea el guión gráfico. A Suivre… en francés significa Continuará…
Y Continuará… es el perfecto título de esta maravillosa película que pone sin miedos, ni tapujos su declaración en favor del cine en su soporte fílmico. Sus dos directores firman y afirman sin ambigüedades su defensa y reivindicación del celuloide transformado en películas físicas, concretas, palpables. Tanto Fermín Rivera (también asumiéndose como productor y guionista) como Emiliano Penelas (el DF y guía delante de la cámara y narrador en off) ponen sus conocimientos, experiencias y pasiones a favor de una lucha de resistencia, denuncia, aclaración y demostración. Su contundente creencia y afirmación: el fílmico no ha muerto.
Es precisamente el propio Penelas –remedando a Buster Keaton en El Moderno Sherlock Holmes de1924, o sea hace 100 años- quien se “mete” en la película, pero en este caso para investigar la desaparición del fílmico. Y comenzó su largo periplo viajando a París, la misma ciudad en donde los Hermanos Lumiere mostraron la llegada del tren a la localidad costera y sureña de La Ciotat y George Melies realizó su fantástica obra. Y declara: “Pertenezco a una de las últimas generaciones que trabajó con el fílmico, y una de las primeras que recibió al digital como una desgracia”. Y siguen existiendo películas en dimensiones de 8mm, 16mm, 30mm, 70mm. “No es por casualidad que todos estos formatos hayan sobrevivido hasta el día de hoy y puedan ser vistos en proyectores mecánicos que aun funcionan”, aclara el DF por si quedan dudas.
Y es allí en París que dialogó entre otros con Fred Karali: coleccionista y cineclubista, dueño de BD Cine, un pequeño negocio cuyas paredes están tapadas de cintas, rollos, latas y proyectores que refaccionan y arreglan, que compran y venden junto a su mujer Margot. Karali afirma con confianza: “La película es un gran placer, no es solamente una imagen que se va a proyectar. Es también un objeto, una imagen palpable que se puede tener en la mano y ver incluso si no tenemos un proyector. Se puede restaurar cuando está dañada, se puede cortar, rayar, pegar, es una cosa concreta. Por el contrario, a las actuales películas digitales, en DVD o memoria USB, no las podemos tocar es algo cerrado, mientras que la película no…/… Eso es único, es como un libro antiguo, por ejemplo. Compramos un DVD, y anda o deja de andar. Eso es todo, fin de la historia. No podemos saber nada más, contrariamente a la película, que nos devuelve una historia personal”.
Nada mejor que gente del cine, profesional, experimentada, estudiosa e investigadora para poner sobre el tapete las verdades reales sobre este material, sobre cuestiones de preservación, durabilidad y calidad. Entre cada intervención de los entrevistados hay separatas ya sea de proyección de antiguos films sobre pantallas o ver que hay aún hoy bares que exhiben películas en fílmico, para encanto de los espectadores. Entre los atractivos están también el ruido del proyector, el olor de las bobinas. Eso es incomparable, algo vívido, irreproducible con lo digital. Calidez o frialdad, sería la dicotomía también entre ambos soportes. “Si me pasas un digital, por más perfecto que sea, yo te voy a decir que eso es un DCP no es 35mm. Te das cuenta porque el 35 tiene el grano, la profundidad, tiene la calidez. Y el digital es frío, no tiene fondo, no tiene profundidad. El 35mm nació perfecto”, afirma contundente en el microcine que construyó en su casa, el exhibidor y proyectorista Claudio Arditi, uno de los pocos técnicos de proyectores 35 milímetros que quedan.
Es fundamental y preciso el trabajo de edición de Emiliano Serra, experimentado montajista, asiduo colaborador en los films de Fermín Rivera y a su vez director, entre otras de Corresponsal (2024). Aparecen las imágenes de las grandes salas de cine que antes estaban con sus boleterías y el tablero con las ubicaciones enrolladitas, el público amontonándose en los estrenos con la presencia de figuras rutilantes. Y compaginado con salas que actualmente o tiene algún sacerdote evangélico como estrella o grandes pasillos con puestos de ropas o en sus foyers exponen y venden motonetas (¡!!, ¿??) Y cuestiones quizás más tristes y dolorosas como ver los grandes containers llenos de latas, rollos, bobinas, películas en celuloide como si fueran basura. Una imagen que solía verse hace varios años en el antes denominado Barrio del Cine por la calle Ayacucho, cerca de la Avenida Corrientes.
Una voz infaltable en esta valiente cruzada es la de Fernando Martín Peña, seguramente la persona a quien más se hace referencia en relación a proyecciones en fílmico, además de programador del cine del Museo Malba y conductor del ciclo "Filmoteca Online". No solo hablando de la importancia de mantener y cuidar las películas de nitrato de celulosa, sino comparando cuestiones de costo e intereses comerciales. “La tecnología digital representa un margen de ganancias mayor para el empresario, entonces lo que hicieron fue mudarse de una tecnología a otra. Es cierto producir en fílmico es más caro que producir tecnología digital. Creo que es una cuestión de costos, como casi todo en el Capitalismo, en donde se va reconfigurando todo en función de aumentar los márgenes de ganancias para los empresarios. No es que lo digital por ser más barato hizo que las entradas de cine bajaran de precio. No pasó así, sin embargo los costos son efectivamente menores.../ Ya sé que el fílmico era caro, pero lo que te dan por ese dinero que vos pagabas era mucho más perdurable. Era caro pero al final no era tan caro. Si lo cuidas bien, es eterno”. Y al mismo tiempo, “Lo digital es enemigo de la preservación”.
Durante este muy valioso y ejemplar film se señala que la mayor parte de nuestra filmografía se la considera perdida. La Cinemateca nacional no tiene presupuesto para preservar películas. Y en el marco de las políticas actuales, la situación está lejos de mejorar. También se aclara con firmeza, que se sabe cómo manejar los films analógicos, como tratarlos y preservarlos pero con los archivos digitales no se sabe nada aún. No se está al tanto de cuánto durarán, y además cuesta mucha plata mantenerlos activos, migrarlos o presentarlos on line. Lo único que se sabe de hecho es que tienen que migrarlos cada cuatro años para mantenerlos con vida. Lo único que se puede hacer por ahora es no guardar películas digitales en cintas, tipo Betacam, U-matic o VHS. Los pasan a cintas de LTO (Linear Tape-Open/Cinta lineal abierta), que es hasta donde se sabe en todo el mundo, la mejor manera de preservarlas y conservarlas, sin ninguna garantía. Por demás estos productos tecnológicos están ya preparados para dejar de funcionar y el fabricante decide cuándo es ese momento.
Hay datos muy precisos que ponen en tela de juicio de las conveniencias entre un sistema que superó la centuria y otro que aún busca la mayor perfección y la “inmortalidad”. Que también sirven de argumento tanto para defensores de uno como del otro procedimiento. Un film de celuloide (sin contar las latas) pesa unos 20 kg. Un disco rígido (DCP) unos 400 g y un pendrive 25 g. Se pregunta y en cierta forma nos interpela Emiliano Penelas: “Durante más de 100 años el cine se filmaba, revelaba y copiaba. Ahora las películas se graban y exhiben en digital. La mayor parte de la industria festejó este cambio pensando en optimizar ganancias. ¿Pero realmente es para celebrar? ¿Es solo la consecuencia de una evolución tecnológica? ¿A qué costo?”.
Otros destacados personajes dan su visión entre los que figuran la realizadora de cortos experimentales en Super8 y laboratorista Azucena Losana; el artista visual que trabaja con fílmico Andrés Denegri, el empresario francés especializado en preservación y conservación Serge Bromberg; la artista plástica y cineasta experimental Paula Pellejero; el director del principal Museo de Cine en Ámsterdam, Frank Roumen. Y finalmente la sentencia de Néstor Quadrelli responsable de una de las principales casas de alquiler de equipos cinematográficos de la Argentina: “Lo bueno que tienen estas cámaras analógicas es que la vas a poder usar hoy y van a seguir funcionando dentro de cuarenta años. Y va seguir rindiendo y la imagen que da, si la trabajás bien, es la imagen que te puede dar la otra cámara”.
Definidas –o no- las posturas para algunos el digital va por un lado, y el fílmico por otro. Un digital no puede intervenirse, una cinta de celuloide se puede pintar o dibujar sobre ella. Otra gran diferencia. Están quienes afirman de manera realista, no sin un dejo de romanticismo, que el digital es abstracto no tocas nada, en cambio tocar el celuloide es algo mágico. El fílmico y el digital pueden ir juntos a la par. Que este último no sustituya a lo anterior. Hay una convivencia posible, más allá de las proporciones en cantidad y de las diferencias de costos primarios y secundarios. Son dos sistemas que coexisten entrelazados. En síntesis: el Cine no ha muerto. El Fílmico tampoco. Y esto Continuará… ¡Larga vida al Cine!