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Crítica de "Quince días": mucho más que el “Heartstopper" brasileño

"Quince días", la película brasileña de Netflix basada en la novela de Vitor Martins, encuentra en un romance de verano una historia sobre el deseo, el cuerpo y la posibilidad de dejarse querer.

Crítica de "Quince días": mucho más que el “Heartstopper" brasileño
jueves 20 de agosto de 2026

Felipe (Miguel Lallo) tiene sobrepeso, es abiertamente gay, sufrió bullying durante el año y solo pretende pasar las vacaciones encerrado en su habitación entre libros, música, series y maratones de musicales con su madre Rita (Débora Falabella). Hasta que ella decide alojar durante dos semanas a Caio (Diego Lira), vecino, compañero de colegio, deportista, popular y, pequeño detalle, amor platónico de Felipe desde hace años. Con semejante punto de partida, Quince días (Quinze Dias, 2025)  podría haber sido apenas otra comedia romántica adolescente de esas en las que basta juntar al tímido con el lindo de la clase, agregar malentendidos y esperar el beso. Por suerte, la película dirigida por Daniel Lieff a partir de la novela de Vitor Martins entiende que tiene entre manos algo bastante más interesante: Felipe no necesita descubrir que es gay ni encontrar a alguien que lo acepte; necesita dejar de mirarse como lo miraron durante años quienes se encargaron de hacerle creer que había algo en él que debía esconder.

Es allí donde esta pequeña, sensible y por momentos muy divertida película brasileña encuentra una voz propia, incluso cuando Netflix intente venderla como una especie de Heartstopper tropical. La comparación no es caprichosa —hay primeros amores, descubrimientos, familias que acompañan, personajes a los que resulta muy fácil tomarles cariño y hasta estrellas, corazones y colores que irrumpen sobre la pantalla como extensión de las emociones de los protagonistas—, pero Quince días juega otra partida. Felipe se mete a la piscina con remera, evita mostrar el cuerpo y puede interpretar una mirada de Caio como promesa, amenaza o catástrofe según el minuto del día. Lieff no necesita grandes discursos para mostrar cómo funciona esa inseguridad porque Lallo la lleva incorporada en cada movimiento: quiere estar cerca de Caio y al mismo tiempo quisiera volverse invisible cuando Caio está cerca. Diego Lira, por su parte, consigue que el chico popular no quede reducido al príncipe que llega para rescatarlo, mientras que Falabella aporta una madre que puede acompañar a su hijo sin convertirse en santa, psicóloga ni portavoz de las buenas intenciones del guion. Son personajes queribles porque la película les permite ser graciosos, torpes, contradictorios y, de vez en cuando, bastante ridículos, como corresponde a casi cualquier persona enamorada.

Claro que Lieff no reinventa el coming of age ni parece demasiado preocupado por hacerlo. Hay situaciones que sabemos cómo terminarán bastante antes que Felipe, algunos conflictos se acomodan con una facilidad que pertenece más a las reglas de la comedia romántica que a las de la vida y el recorrido sentimental difícilmente sorprenda a quien haya visto unas cuantas historias de primeros amores. Pero quizás pedirle cinismo, oscuridad o una vuelta de tuerca permanente sería exigirle que traicione aquello que mejor sabe hacer. Quince días cree en sus personajes y, sobre todo, cree que la ternura todavía puede ser un punto de vista cinematográfico sin convertirse necesariamente en ingenuidad. Esa convicción sostiene incluso sus zonas más previsibles y explica por qué uno termina involucrándose con esos pequeños acontecimientos —una tarde en la piscina, una conversación, un acercamiento, una confesión— como si realmente hubiera mucho en juego.

Porque finalmente sí lo hay. El gran acontecimiento de Quince días no es averiguar si Caio puede enamorarse de Felipe —el género nos permite sospechar bastante pronto por dónde viene la respuesta— sino comprobar si Felipe será capaz de creer que alguien como Caio puede enamorarse de él sin que haya una broma, una trampa o un error detrás. Y allí se resuelve aquello que la película viene planteando desde el comienzo: después de años aprendiendo a esconderse, el primer amor no le enseña a Felipe quién es sino algo bastante más difícil, que no necesita convertirse en otro para merecer que alguien quiera mirarlo. Quizás por eso Quince días resulta tan simpática y conmovedora aun con sus lugares comunes: no hace del amor una recompensa para quien consigue cambiar, sino el encuentro entre dos chicos que, durante un verano, empiezan a descubrir que aquello que creían saber sobre el otro —y sobre sí mismos— no era necesariamente cierto.

7.0
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