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Crítica de "Kill Jackie": la serie con Catherine Zeta-Jones que repite la fórmula de Tarantino
Una exnarcotraficante, siete asesinos y un pasado que vuelve a pasar factura. La serie protagonizada por Catherine Zeta-Jones acumula persecuciones y humor negro, pero la repetición de recursos termina por desgastar el suspenso.
Kill Jackie (2026) reúne varios recursos del cine de Quentin Tarantino y Guy Ritchie: criminales que conversan entre asesinatos, humor frente a la muerte y una narración que busca complicidad con el espectador. La combinación funciona en algunas escenas, pero pronto se reconoce el mecanismo. Cada amenaza prepara un chiste y cada asesino trae una extravagancia. Lo que al comienzo impulsa la acción termina por volverla previsible.
Jackie Price (Catherine Zeta-Jones) es una exnarcotraficante que ha construido otra vida como marchante de arte. Su pasado reaparece cuando los Siete Demonios, un grupo de asesinos a sueldo, reciben el encargo de matarla. Para averiguar quién está detrás del contrato, deberá recuperar sus métodos de supervivencia y proteger a su asistente y a su abogado, que desconocen a qué se dedicaba antes de entrar en el mercado del arte.
Ese descubrimiento podría cambiar la relación entre los tres, pero la serie apenas se detiene en sus consecuencias. Prefiere avanzar hacia el siguiente enfrentamiento. La voz en off, los objetivos tachados y las bromas que acompañan la violencia ocupan un espacio que los personajes necesitan para expresar algo más que su reacción al peligro.
Zeta-Jones sostiene buena parte del interés. Su manera de responder a las amenazas, administrar las pausas y pasar de la cortesía a la intimidación permite entrever cómo Jackie logró mantener oculto su pasado. El guion le exige demostrar una y otra vez que sabe defenderse, aunque ofrece pocas oportunidades para explorar el costo de esa vida. Cuando aparece la posibilidad de mostrar miedo, culpa o afecto, una réplica o un nuevo ataque interrumpe la escena.
Algo similar ocurre con sus acompañantes. Daniel Ings, como el abogado Sam, encuentra humor en el desconcierto de alguien que queda involucrado en una persecución sin entender cómo llegó hasta allí. Sin embargo, la insistencia en los gritos y el pánico desgasta el recurso. Hattie Hook, como Charlie, construye con Zeta-Jones una relación que despierta interés, pero su personaje tiene poco margen para decidir o actuar por cuenta propia.
Los Siete Demonios se distinguen por su aspecto y sus habilidades: las botas de serpiente, el parkour, las batas de laboratorio. Esas marcas permiten identificarlos enseguida, aunque rara vez conocemos algo más de ellos. Su aparición anuncia una nueva modalidad de ataque antes que un cambio en la historia. Con el correr de los episodios, la persecución empieza a parecer una sucesión de pruebas que Jackie debe superar.
La puesta en escena tampoco consigue variar demasiado esa dinámica. Las localizaciones de Vizcaya y Guipúzcoa funcionan como escenarios de paso, sin que sus espacios intervengan de manera decisiva en la acción. El diseño de producción establece el lujo que rodea a Jackie, pero aporta poco a la comprensión de su vida. Los enfrentamientos mantienen el movimiento del relato; la violencia, en cambio, pierde peso porque las muertes casi nunca dejan consecuencias que duren más allá de la secuencia.
En la segunda mitad, los giros intentan renovar el misterio sobre quién ordenó matarla. Para entonces, el suspenso ya se ha debilitado: la serie acostumbra al espectador a que cualquier peligro puede resolverse con una salida y una broma. El problema no es que convivan la comedia y el crimen, sino que el humor interrumpe de forma sistemática aquello que podría dar gravedad a la persecución.
Hay chistes que funcionan y escenas en las que Zeta-Jones aprovecha el contraste entre la marchante y la mujer que vuelve a recurrir a la violencia. Pero cada vez que Jackie tiene que responder ante quienes confiaban en ella, el relato encuentra una excusa para ponerla otra vez en fuga. Después de tantos ataques, queda pendiente la conversación que podría haber dado sentido a su supervivencia.