Festival de Cine de Nueva York 2026
Crítica de "Artificial": la película de Luca Guadagnino sobre el lado oscuro de Silicon Valley
Con las actuaciones de Andrew Garfield y Mark Rylance, el director italiano firma una sátira incisiva sobre la génesis de OpenAI. Una comedia negra que muta en advertencia y expone las ambiciones, los egos y la ingenuidad detrás de la revolución tecnológica.
Artificial (2026) llegó al Festival de Cine de Nueva York precedida por una historia noticiosa que parece una inesperada secuela: Amazon MGM Studios la abandonó después de que su empresa matriz invirtiera miles de millones en OpenAI, la firma cuyo cofundador y CEO es, precisamente, el protagonista del film. El italiano Luca Guadagnino dirige así su obra más política, urgente e incómoda. El resultado es una comedia negra que se oscurece gradualmente hasta convertirse en un drama sobre cómo la humanidad decidió, sin demasiada reflexión, entregar su futuro a un puñado de personas convencidas de salvar el mundo mientras construyen algo que no comprenden del todo y que podría destruirlo.
La película arranca en 2003, en la Universidad de Toronto, donde Ilya Sutskever —un estudiante ruso brillante y socialmente torpe, encarnado por Yura Borisov— se presenta ante Geoffrey Hinton, uno de los padres de la inteligencia artificial. Hinton, interpretado por Mark Rylance con una mezcla de sabiduría y desconcierto, representa la conciencia de una disciplina que avanza más rápido de lo que sus creadores pueden asimilar. Ilya es el corazón moral del relato: un idealista cuya fe pura en que la IA puede curar enfermedades y erradicar el hambre constituye, al mismo tiempo, su mayor debilidad.
El guion de Simon Rich, exguionista de Saturday Night Live, construye la primera mitad como una sátira afilada sobre el ascenso de Silicon Valley. Sam Altman (Andrew Garfield) aparece como un seductor sin escrúpulos, capaz de envolver a cualquiera mientras persigue un objetivo difuso. Elon Musk (Ike Barinholtz) es un hombre-niño impaciente, más preocupado por su propia relevancia que por las consecuencias de lo que financia. La cena en la que se reúnen por primera vez funciona como una escena fundacional: el instante en que la ciencia y el capital sellan una alianza que ninguno comprende cabalmente.
A medida que OpenAI crece, las buenas intenciones se diluyen. Ilya busca avanzar con cautela mientras Altman prioriza ganar la carrera. Mira Murati (Monica Barbaro) oscila entre ambos, consciente del peligro pero incapaz de frenarlo, y Greg Brockman (Cooper Hoffman) actúa como un seguidor entusiasta que repite consignas sin cuestionarlas. La tensión estalla cuando el consejo decide destituir a Altman, un episodio que el film recrea con más prisa que precisión y que termina resolviéndose a favor del CEO, ahora más poderoso.
Lo más interesante de Artificial no es tanto lo que cuenta, sino cómo lo hace. Guadagnino filma a estos personajes como si fueran animales en una reserva natural: los observa comer, celebrar y mentir. En una escena donde el equipo festeja un avance tecnológico rociándose con champán, la cámara los retrata como depredadores satisfechos. El director traslada su habitual atención al deseo y al cuerpo hacia los despachos de San Francisco que reescriben las reglas globales.
Andrew Garfield compone un Altman inquietante, sonriente y vacío, cuya interpretación roza por momentos la caricatura. Yura Borisov aporta la fragilidad emocional que sostiene la trama al comprender, demasiado tarde, que sus colegas no comparten sus principios. Por su parte, Mark Rylance encarna a Hinton con una serenidad trágica: el sabio que ve su creación escapar de su control.
El film contiene momentos de humor negro muy eficaces, especialmente en su primera hora. Sin embargo, a medida que avanza, la comedia se vuelve incómoda porque retrata a personas reales cuyas decisiones multiplican sus efectos cada día. No necesita exagerar para resultar escalofriante; le basta con ordenar los hechos de manera inevitable.
No todo funciona a la perfección. El tercer acto pierde impulso y algunos secundarios, como el interpretado por Jason Schwartzman, aparecen y desaparecen sin dejar huella. La recreación del despido de Altman se resuelve con una rapidez que contrasta con la minuciosidad del resto. No obstante, Artificial consigue algo difícil: entretener mientras discute un tema que debería quitarnos el sueño.
Damon Albarn firma una banda sonora de sintetizadores y coros juveniles, mientras que la fotografía de Malik Hassan Sayeed captura primeros planos invasivos, como si la cámara buscara leerles el pensamiento. Guadagnino no juzga a sus criaturas con indignación, sino con una incredulidad divertida ante hombres que replican viejos vicios a escala planetaria.
En el fondo, Artificial no es una película sobre la Inteligencia Artificial, sino sobre la estupidez humana, como diría Guillermo del Toro. Sobre la facilidad con la que confundimos progreso con velocidad, ambición con sabiduría y éxito con virtud. La cinta no ofrece soluciones ni le hace falta; se limita a mostrar el camino recorrido y deja que el espectador saque sus propias conclusiones. Lo inquietante es que, probablemente, esas conclusiones ya las teníamos antes de entrar a la sala.