Murió a los 68 años
Daniel Melingo (1957-2026): el cine como otra forma de contar su obra
La muerte de Daniel Melingo invita a recorrer una faceta menos conocida de su obra. Además de renovar el rock y el tango argentino, desarrolló una trayectoria en el cine como actor, compositor y director.
La muerte de Daniel Melingo, ocurrida este martes 30 a los 68 años, deja una de las trayectorias más singulares de la cultura argentina. Su nombre quedó asociado al rock y al tango, pero su recorrido artístico nunca se limitó a la música. Durante más de cuatro décadas transitó también el cine como actor, compositor y, en una ocasión, como director, construyendo un diálogo permanente entre la imagen y el sonido.
Nacido el 22 de octubre de 1957 en Parque Patricios, Melingo comenzó su carrera junto a Milton Nascimento antes de convertirse en una figura clave de la renovación del rock argentino como integrante de Los Abuelos de la Nada y fundador de Los Twist junto a Pipo Cipolatti. Más tarde acompañó a Charly García en la etapa de Piano Bar y, desde mediados de los años noventa, encontró en el tango un territorio desde el cual reinventó su lenguaje artístico. En paralelo, el cine fue apareciendo como otro espacio donde esa búsqueda podía continuar.
Su vínculo con el séptimo arte comenzó en 1984 con el cortometraje de humor negro Operación Norte, dirigido por Ezequiel Abalos. Aquella participación fue breve, aunque anticipó una relación que, con el paso de los años, se volvería constante.
Melingo nunca construyó una carrera tradicional como actor. Llegaba a cada película con el mismo universo que habitaba sus canciones: personajes atravesados por la noche, los márgenes, la melancolía y el humor. Esa identidad hizo que sus apariciones en la pantalla parecieran una prolongación natural de su obra musical.
En 2003, el director Pablo César lo convocó para integrar el elenco de Sangre, ampliando su presencia en el cine argentino. Más de una década después participó en Una noche sin luna (2014), del realizador uruguayo Germán Tejeira. Ese mismo año filmó Lulú, bajo la dirección de Luis Ortega, con quien también colaboró en el videoclip "En el bosque de la China", fortaleciendo un vínculo creativo que continuaría en proyectos posteriores.
También en 2016 formó parte de Gilda, no me arrepiento de este amor, de Lorena Muñoz, y de Campaña antiargentina, de Alejandro Parisow. Más tarde regresó a la pantalla con Reparo (2023), ópera prima de Lucía Van Gelderen, y cerró su recorrido como actor en Saint-Ex, de Pablo Agüero, una coproducción entre Francia y Bélgica protagonizada por Louis Garrel, Vincent Cassel y Diane Kruger.
En 2020 amplió esa relación con el audiovisual al codirigir, junto a Esteban Perroud, el mediometraje documental El teorema de Mosner. La película acompaña al artista plástico Ricardo Mosner en un momento de crisis creativa y propone una reflexión sobre el acto de crear, un tema que atravesó toda la obra de Melingo y que aparece tanto en sus canciones como en esta experiencia cinematográfica.
Su aporte al cine no se limitó a la actuación. Daniel Melingo también dejó su huella como compositor de bandas sonoras, trasladando al lenguaje audiovisual una identidad musical construida a lo largo de décadas.
En 2008 compuso la música de Futuro Perfecto, dirigida por Mariano Galperín. Años después volvió a colaborar con Luis Ortega en El Ángel (2018), aportando parte de la banda sonora de la película inspirada en la historia de Carlos Robledo Puch. Ese trabajo consolidó un vínculo creativo que había comenzado con Lulú y confirmó la afinidad entre ambos artistas.
Aunque el reconocimiento masivo llegó desde la música, especialmente a partir de su renovación del tango, el cine ocupó un lugar constante en su recorrido. No fue una actividad paralela ni una curiosidad dentro de su biografía, sino otra forma de desarrollar una misma mirada sobre el mundo.
Los personajes que poblaron discos como Tangos Bajos —habitantes de bares, calles, puertos y noches interminables— encontraron un eco en las películas que eligió interpretar. Del mismo modo, las atmósferas que construía con su voz y sus composiciones reaparecieron en las bandas sonoras que escribió para el cine.
Por eso su legado no puede reducirse únicamente a una discografía. Melingo fue uno de esos artistas que entendieron que las fronteras entre la música, el cine y la actuación podían desdibujarse. Cada uno de esos lenguajes alimentó al otro y terminó formando una obra coherente, atravesada por la misma sensibilidad y por una manera muy personal de contar historias. Con su muerte desaparece una voz singular, pero permanece una obra que sigue encontrando nuevas formas de ser escuchada y también de ser mirada.