Teatro Metropolitan

Crítica de "Misery": Julia Calvo y Juan Gil Navarro llevan el suspenso al límite

"Misery" adapta la novela de Stephen King con Julia Calvo y Juan Gil Navarro en un thriller teatral donde el encierro, la obsesión y la creación literaria dominan la escena.

Crítica de "Misery": Julia Calvo y Juan Gil Navarro llevan el suspenso al límite
martes 30 de junio de 2026

La historia de Misery ocupa un lugar privilegiado dentro del suspenso contemporáneo. La novela que Stephen King publicó en 1987 encontró una nueva dimensión con la adaptación cinematográfica de Rob Reiner, que convirtió a Kathy Bates en una figura inolvidable y le valió el Oscar. Desde entonces, Annie Wilkes dejó de ser simplemente una villana para convertirse en el rostro de una obsesión capaz de confundir el amor con la posesión. La puesta dirigida por Manuel González Gil no intenta reproducir aquel clásico. Aprovecha aquello que el teatro ofrece mejor que ningún otro lenguaje: la posibilidad de compartir el mismo espacio que los personajes. Así, el cautiverio de Paul Sheldon deja de ser una historia que se observa a la distancia para sentirse casi al alcance de la mano.

Esa cercanía sostiene el trabajo de Julia Calvo y Juan Gil Navarro, responsables de un duelo que nunca necesita exagerar sus formas para resultar inquietante. Calvo construye una Annie que se aleja del recuerdo de Kathy Bates y encuentra su propia voz. Puede hablar con una calma casi maternal y, un instante después, dejar entrever una violencia que aparece sin previo aviso. Ese cambio permanente vuelve imposible anticipar sus movimientos. Del otro lado, Gil Navarro compone a un Paul Sheldon que descubre que escribir ya no es un acto creativo, sino la única herramienta que le queda para sobrevivir. En ese intercambio de palabras, silencios y miradas se juega el verdadero suspenso de la obra.

La escenografía reduce el mundo a la habitación donde Paul permanece inmovilizado, reforzando la sensación de encierro y obligando a que toda la atención recaiga sobre los actores. Mientras la película administraba la tensión mediante el montaje, los primeros planos y el fuera de campo, aquí todo sucede delante del espectador, sin posibilidad de escapar de esa convivencia forzada. La puesta, sin embargo, insiste en marcar las transiciones con apagones y una música de gran intensidad que, por momentos, termina subrayando aquello que las interpretaciones ya habían logrado construir. Los instantes de mayor incomodidad aparecen cuando esos recursos desaparecen y solo quedan dos personas enfrentadas, compartiendo un silencio que pesa más que cualquier estallido sonoro.

Lo que vuelve perdurable a Misery no son sus escenas más recordadas, sino la pregunta que sigue dejando abierta: ¿qué ocurre cuando la admiración deja de reconocer la libertad del otro? Esta versión encuentra su mejor respuesta en la humanidad que Julia Calvo y Juan Gil Navarro imprimen a sus personajes. Annie no se percibe como un monstruo surgido de la ficción, sino como alguien convencido de que amar también puede significar poseer. Y es justamente allí donde la obra alcanza su momento más inquietante: cuando obliga a mirar de frente una obsesión que, bajo distintas formas, sigue habitando el mundo mucho después de que baja el telón.

7.0
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