Festival de Cannes 2026
Crítica de ""La muerte no tiene dueño": entre el fantasma colonial y el thriller sin rumbo
Jorge Thielen Armand vuelve a Venezuela para construir un relato sobre herencia, tierra y violencia histórica. Presentada en la Quincena de los Cineastas de Cannes, "La muerte no tiene dueño" apuesta por una combinación entre thriller psicológico, western y horror, pero su potencia visual convive con un desarrollo narrativo que dispersa sus ideas.
El venezolano Jorge Thielen Armand regresa a las heridas abiertas de su país con La muerte no tiene dueño (Death Has No Master, 2026), una película presentada en la Quincena de los Cineastas de Cannes que se mueve entre el thriller psicológico, el western de impronta áspera y el horror de estallidos violentos, sin terminar de encontrar un equilibrio entre esos registros. Esa tensión formal, que podría convertirse en una búsqueda expresiva, termina funcionando como una limitación que le resta contundencia al conjunto.
La historia sigue a Caro (Asia Argento), una mujer criada en Italia que vuelve a Venezuela para vender una plantación de cacao heredada de su padre. Al llegar descubre que la propiedad familiar está ocupada por antiguos trabajadores que se niegan a abandonar el lugar. Sonia (Dogreika Tovar) y su hijo viven allí desde hace años. Lo que comienza como un conflicto por una herencia deriva hacia una disputa donde se cruzan desigualdad social, memoria histórica y disputas de poder alrededor de la tierra. La película evita construir héroes o villanos absolutos, aunque el relato parece inclinarse hacia quienes sostuvieron ese espacio durante décadas.
Hay un aspecto donde Thielen Armand encuentra precisión: la construcción atmosférica. La casona en deterioro, la humedad que invade cada plano, el diseño sonoro que trabaja sobre la incomodidad y la fotografía de Luis Armando Arteaga convierten el espacio en una presencia narrativa constante. La selva aparece como territorio físico y también como memoria latente. La película encuentra allí sus mejores momentos: cuando deja de explicar y simplemente observa cómo ese paisaje consume a los personajes.
El problema aparece cuando el guion intenta expandirse hacia demasiados lugares al mismo tiempo. Colonialismo, privilegio, trauma familiar, culpa histórica, violencia estructural y justicia personal aparecen superpuestos, pero sin la profundidad suficiente para dialogar entre sí. Los pasajes entre sueño y realidad buscan construir una dimensión perturbadora, aunque en más de una ocasión generan desconexión antes que extrañamiento. La película parece confiar tanto en el simbolismo que termina descuidando la progresión dramática.
Asia Argento sostiene con compromiso a una protagonista endurecida por el pasado y el desarraigo. Aprendió español para el papel y construye una figura distante, más cercana a una representación conceptual que a una persona reconocible. Dogreika Tovar aporta un contrapunto que introduce humanidad en el conflicto. Sin embargo, el problema no pasa por las actuaciones sino por personajes construidos desde una lógica demasiado esquemática, donde las ideas pesan más que los cuerpos que las encarnan.
Hay decisiones narrativas que rompen la tensión construida. Algunas escenas ingresan en un territorio cercano al artificio involuntario y debilitan el clima que la película venía sosteniendo. Aun así, el tramo final recupera parte del terreno perdido: la violencia emerge sin épica ni redención, como consecuencia inevitable de una disputa donde nadie sale ileso.
La muerte no tiene dueño encuentra una identidad visual potente y una mirada personal sobre la historia venezolana contemporánea, pero esa ambición narrativa no siempre encuentra la forma adecuada para sostenerse. Jorge Thielen Armand confirma una sensibilidad cinematográfica propia, aunque todavía parece estar buscando el punto donde sus ideas y sus relatos terminen de encontrarse.