Música y teatralidad

Mon Laferte convirtió el Movistar Arena en una historia contada entre canciones

La artista chilena volvió a Buenos Aires con el Femme Fatale Tour y construyó una puesta donde música, actuación, performance y escena transformaron el recital en una experiencia atravesada por identidad, deseo y representación.

Mon Laferte convirtió el Movistar Arena en una historia contada entre canciones
viernes 22 de mayo de 2026

Mon Laferte volvió a la Argentina y lo que ocurrió en el Movistar Arena estuvo más cerca de una obra escénica que de un recital tradicional. Durante casi tres horas, la cantante chilena convirtió el escenario en un espacio donde convivieron música, interpretación, teatralidad y una construcción visual pensada para contar algo más que canciones. Desde la aparición inicial con “Mi hombre” hasta el cierre atravesado por himnos como “Tu falta de querer”, “Amárrame”, “Mi buen amor” o “Amor completo”, el Femme Fatale Tour avanzó como una narración en movimiento, una especie de viaje sobre distintas capas de su propia identidad artística. Y abajo, entre luces de celulares, rosas en el pelo, velos de novias y generaciones mezcladas, miles de personas acompañaron cada palabra como si también fueran parte de esa historia.

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Pero si la música funcionó como columna vertebral del espectáculo, la puesta visual terminó de darle sentido a todo lo demás. Los cambios de vestuario —seis en total— no aparecieron como un elemento decorativo sino como capítulos de un mismo relato. Mon surgió vendada, más tarde convertida en novia, luego atravesada por referencias al cine negro y por ese imaginario de la femme fatale que estructura conceptualmente toda la gira. A su alrededor, cuatro bailarines expandieron ese universo desde el movimiento y la actuación, mientras el escenario se transformaba una y otra vez entre luces, proyecciones y pequeñas escenas donde aparecían el deseo, el erotismo, la identidad y las tensiones alrededor de lo femenino. No había canciones acompañadas por visuales: había canciones habitando un mundo propio.

Y entonces apareció otra de las claves de la noche: la capacidad de Mon Laferte para moverse entre géneros musicales sin romper la continuidad narrativa. El bolero convivió con el jazz. El rock apareció donde antes había un clima cercano al cabaret. Los vientos tomaron protagonismo y luego dejaron lugar a una sonoridad que podía acercarse al romanticismo latinoamericano o girar hacia una energía más cruda. “Flaco”, “Veracruz”, “Tormento”, “Si tú me quisieras” y “My One and Only Love” fueron apareciendo como piezas de una construcción mayor. Porque Femme Fatale Tour no está pensado como una lista de canciones: está pensado como una obra donde cada tramo revela una versión distinta de Mon Laferte. La artista, la actriz, la mujer atravesada por símbolos, la figura pública y también la intérprete que, por momentos, se corría unos pasos para escuchar cómo miles de voces tomaban sus canciones y las devolvían multiplicadas.

Y ahí, quizás, apareció el corazón del espectáculo. No en la grandilocuencia visual ni en la precisión del montaje, sino en esa capacidad de transformar un estadio en algo más íntimo. Mon Laferte no fue solamente al Movistar Arena a presentar un disco. Fue a construir un territorio propio donde música y escena dialogaron todo el tiempo. Donde la teatralidad no desplazó la emoción sino que la empujó hacia otro lugar. Y donde cada cambio de tono, cada silencio y cada gesto terminaron construyendo algo menos inmediato y más difícil de lograr: una experiencia que no se queda únicamente en lo que pasó arriba del escenario, sino en lo que sigue resonando cuando las luces ya se apagaron.

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