Festival de Cannes 2026
Crítica de "El deshielo”: crecer entre silencios y ausencias
En su segunda película como directora, la actriz y realizadora chilena Manuela Martelli construye un thriller atravesado por la memoria política y la mirada infantil. Ambientada en el Chile de comienzos de los años noventa, "El deshielo" transforma la desaparición de una mujer en un hotel de montaña en una exploración sobre los pactos de silencio, la herencia de la dictadura y el modo en que una sociedad aprende a convivir con aquello que decide no nombrar.
La segunda película de Manuela Martelli, presentada al igual que su ópera prima en una sección paralela del Festival de Cannes, parte de una desaparición en un hotel de montaña para construir un thriller que rápidamente desborda las convenciones del género. No se trata de descubrir quién se llevó a Hanna, sino de observar cómo cada personaje administra aquello que evita decir. El misterio funciona menos como motor policial que como síntoma de una comunidad atravesada por secretos, culpas y pactos de silencio.
El deshielo (2026) encuentra su centro en Inés, una niña de nueve años cuya curiosidad organiza la puesta en escena. Martelli evita convertirla en una figura de lucidez forzada: su mirada no explica el mundo adulto, apenas registra sus grietas. En ese hotel aislado en los Andes, los mayores hablan alrededor del vacío, se desplazan entre frases incompletas y esconden bajo la rutina una tensión constante. La abuela, encargada de sostener el negocio familiar, emerge como una presencia marcada por el control y la frialdad, administrando silencios con la misma disciplina con que protege el funcionamiento del hotel.
El contexto histórico resulta decisivo. El Chile de 1992 aparece como un país empeñado en exhibir modernidad mientras las marcas de la dictadura siguen abiertas. La referencia al iceberg chileno presentado en la Expo de Sevilla funciona como una metáfora precisa: un bloque de apariencia sólida destinado inevitablemente al deshielo. Martelli incorpora esa dimensión política sin subrayados discursivos, dejando que la experiencia de Inés —sus recorridos por habitaciones ajenas, su escucha atenta, su incomodidad frente a las omisiones— revele una sociedad construida sobre aquello que permanece enterrado.
Uno de los mayores logros de El deshielo es sostener la ambigüedad. La desaparición de Hanna nunca deriva en una resolución ordenada ni en una explicación concluyente. La llegada de Lina, la madre atravesada por la desesperación y la culpa, desplaza el relato hacia una búsqueda más física y emocional. El vínculo que establece con Inés introduce el único refugio afectivo dentro de un entorno dominado por la distancia y la sospecha. Allí la película encuentra su dimensión más humana: dos personajes de edades opuestas reconociéndose en la experiencia de la pérdida.
No todos los recursos alcanzan la misma precisión. Algunos símbolos —la sangre en el lavabo asociada a un diente de leche o el vaso de leche roto observado con insistencia por la cámara— exponen demasiado aquello que la película trabaja mejor desde la sugerencia. También la música, por momentos, empuja el relato hacia una lógica de thriller más convencional, entrando en tensión con el tono contenido y contemplativo que domina el resto de la puesta.
Aun así, esos desajustes no alteran la potencia de una película que entiende el misterio como una forma de leer la memoria colectiva. El deshielo funciona mejor cuando abandona la necesidad de explicar y se entrega por completo a la percepción fragmentaria de Inés. Más que una historia sobre la resolución de un crimen, la película se convierte en una reflexión sobre los crímenes que una sociedad aprende a dejar suspendidos. Y en esa comprensión silenciosa, sostenida por el rostro de Maya O’Rourke, aparece la imagen más inquietante de toda la película.