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Crítica de "PLAY": Matías Umpierrez entre el teatro, la inteligencia artificial y los discursos de odio
La nueva obra de Matías Umpierrez cruza performance, archivo y tecnología para explorar cómo circulan los discursos de odio en la contemporaneidad.
PLAY, creada e interpretada por Matías Umpierrez toma la forma de una conferencia-performance para indagar cómo circulan y mutan los discursos de odio. Desde la caza mitológica de unicornios hasta los vínculos entre inteligencia artificial y suicidio adolescente, la obra conecta episodios históricos y contemporáneos para exponer una violencia que cambia de lenguaje, pero nunca desaparece. Umpierrez no organiza esas historias como una tesis académica, sino como un territorio en combustión donde pasado y presente se contaminan constantemente.
Lejos de una narración lineal, la puesta se construye como una acumulación de voces, objetos y residuos culturales. Radios, casetes, teléfonos, marionetas y grabaciones conviven con proyecciones y paisajes sonoros que convierten el escenario en una especie de archivo roto. Sin embargo, la obra encuentra fuerza precisamente en esa fragmentación: cada interferencia, cada sonido distorsionado y cada silencio producen la sensación de estar frente a una humanidad atrapada en el ruido permanente de la sobreinformación.
Además, PLAY evita caer en la nostalgia tecnológica. Los aparatos analógicos no aparecen como reliquias decorativas, sino como rastros de un mecanismo que sigue funcionando bajo nuevas formas. Así, las antiguas contestadoras automáticas dialogan con algoritmos, redes sociales y chatbots para señalar que el odio no pertenece a una época específica, sino que se adapta a cada sistema de comunicación disponible. La obra sugiere entonces que toda tecnología también organiza emociones, consumos y modos de percibir al otro.
En paralelo, Umpierrez combina recursos de instalación, teatro documental y performance sin estabilizarse nunca en un único lenguaje. Esa inestabilidad formal le permite escapar del didactismo y trabajar desde la experiencia sensorial. El rojo y azul oscuro del escenario, las sombras proyectadas y las voces amplificadas construyen un clima de saturación donde el espectador no observa cómodamente desde afuera, sino que queda atrapado dentro de ese flujo de estímulos, imágenes y relatos fragmentados.
Lo más interesante de PLAY aparece cuando deja de explicar y comienza a respirar a través de sus imágenes. Allí la obra abandona cualquier voluntad de respuesta cerrada para abrir una pregunta más incómoda: cómo convivimos con un presente moldeado por la hostilidad, la exposición constante y la imposibilidad de escuchar al otro. Más que ofrecer un diagnóstico, Umpierrez compone un mapa emocional del resentimiento contemporáneo, donde el odio deja de ser una excepción para convertirse en parte del paisaje cotidiano.