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Crítica de "El Lorax: En Busca de la Trúfula Perdida": Otra lección ecológica

"El Lorax: En Busca de la Trúfula Perdida" (Dr. Seuss' The Lorax, 2012) mezcla ciencia ficción y fábula en un relato en donde la conciencia ecológica es central. Sin llegar a los picos artísticos de la compañía Pixar, este film de la Universal resulta un ameno pasatiempo. Y no mucho más.

Crítica de "El Lorax: En Busca de la Trúfula Perdida": Otra lección ecológica
domingo 05 de abril de 2026

Se sabe que una forma de llegar directo al corazón del público infantil es recurrir a la conciencia ambiental. ¿Será porque los niños son el futuro y pueden ser cautivados con mayor facilidad por películas que apelan al cuidado del medio ambiente? Sea como sea, ejemplos sobran, y a esta altura no está de más preguntarse qué aporta cada uno de ellos. A la cabeza, incólume, está Wall-E (2008), una película que trasciende la conflictiva categoría de “infantil” para contar una historia con fluidez narrativa y pasión cinematográfica.

Pero volvamos a El Lorax: En busca de la trúfula perdida. Aquí conocemos a Once-ler, un joven ambicioso, criado en el seno de una familia tosca e ignorante. Gracias a su inteligencia y ambición, sumadas a la falta de escrúpulos de los suyos, el muchacho conduce a todo un bosque hacia una tragedia de alcance global. Luego de instalarse allí para montar un emprendimiento textil y de desafiar al Lorax —inclasificable criatura que oficia como “voz del bosque”—, terminará en un estado de absoluta soledad, rodeado por el ambiente que él mismo degradó.

Cuesta creer que el motor de ese proyecto sea la creación de una suerte de bufanda-gorro que, por algún motivo, todos querrán usar. Unos años más tarde, el film nos transporta a Thneed-Ville, una ciudad artificial que se jacta de no tener un solo árbol en pie. Allí vive Ted, un niño enamorado de una vecina cuyo sueño es ver uno de verdad, muy distinto de esos insípidos armatostes que, en vez de frutos y hojas, tienen lámparas.

El Lorax: En busca de la trúfula perdida apela, por una parte, a la conmiseración por los animales del bosque, que se irán quedando sin un espacio donde vivir. En la segunda mitad, el relato se orienta hacia el objetivo de Ted: encontrar a ese personaje misterioso que estuvo en el origen de la tragedia. Relegado a una existencia mítica —no por nada es la abuela quien lo menciona—, esconde en una semilla la posibilidad de redimir su culpa y, al mismo tiempo, facilitarle las cosas al niño.

Con un uso atractivo de la tecnología 3D, aunque sin superar la media, la película de Chris Renaud y Kyle Balda queda encorsetada en su propio mensaje. Ni provoca demasiado temor el “segundo villano” —el alcalde de la ciudad, una especie de capo mafioso que se hizo poderoso vendiendo aire— ni resulta del todo persuasivo el niño, que por momentos cierra los ojos y recuerda a su vecinita. En cambio, sí resulta más convincente la perspectiva, tanto estética como argumental, que la película construye sobre Once-ler, el personaje al que los guionistas dotaron de mayor espesor psicológico y de menos cálculo de marketing.

6.0
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