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Crítica de "Km 31": Terror a la Mexicana
Inspirada en la figura de La Llorona, "Km 31" articula una propuesta que combina mito, carretera y trauma, en un intento por reactivar el terror dentro de la producción mexicana contemporánea.
Km 31 (2007) es una idea original del director Rigoberto Castañeda, que toma como punto de partida la leyenda urbana de La Llorona, esa figura que, según el imaginario popular, deambula por las noches en busca de su hijo tras su muerte. El relato ubica ese mito en un espacio concreto: una curva de ruta donde algunos aseguran haberla visto y otros no han logrado sobrevivir para confirmarlo. La referencia funciona también como advertencia, casi como una campaña de tránsito que traduce el miedo en prevención.
Ese anclaje en una historia transmitida de generación en generación es lo que sostiene el dispositivo narrativo. La película se inscribe dentro del terror, un género que encuentra en esta propuesta una vía de reaparición en el cine mexicano reciente. Castañeda, además de dirigir, firma el guion, y construye un relato que se apoya en la persistencia de lo no resuelto: la pérdida, el pasado que retorna, aquello que permanece sin decirse.
El reparto combina intérpretes con trayectorias diversas. Iliana Fox asume un doble rol como Ágata y Catalina, en una composición que organiza el conflicto central. A su lado, Adrià Collado responde a una de las condiciones de la coproducción hispano-mexicana, incorporando una presencia europea que no altera el núcleo del relato.
En términos formales, la película remite a ciertos códigos del terror oriental, en especial en el tratamiento de las apariciones y el uso del fuera de campo, aunque mantiene una identidad ligada a su contexto de producción. Los efectos especiales cumplen una función precisa dentro del mecanismo del suspenso, acompañando una progresión que busca sostener la inquietud durante sus 103 minutos.
El film trabaja sobre distintos registros del miedo: lo sobrenatural, lo íntimo, lo que no encuentra forma de expresión. Esa acumulación se traduce en una experiencia que apela tanto a la tensión narrativa como a la identificación del espectador con la vulnerabilidad de los personajes. En ese sentido, Km 31 confirma la intención de su director: construir un relato accesible que dialogue con el público amplio, tal como ya había ocurrido en México, y proyectar ese alcance hacia otros mercados.