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Crítica de “El último gigante”: Marcos Carnevale y una catarata de lágrimas

La película protagonizada por Oscar Martínez y Matías Mayer es un relato de restitución del vínculo entre padre e hijo.

Crítica de “El último gigante”: Marcos Carnevale y una catarata de lágrimas
miércoles 01 de abril de 2026

Filmada en el Parque Nacional Iguazú, con las cataratas como telón de fondo, El último gigante (2026) es un melodrama lacrimógeno que narra la historia del reencuentro entre un guía de turismo ya adulto y el padre que lo abandonó durante su niñez.

Boris (Matías Mayer) trabaja como guía turístico en las cataratas del Iguazú. Es un tipo carismático, de personalidad fuerte, que entra en crisis cuando reaparece Julián (Oscar Martínez), su padre a quien no ve desde pequeño. El hombre, que padece una enfermedad terminal, busca el perdón de su hijo y recuperar el vínculo antes de morir.

Marcos Carnevale se caracteriza por relatos cargados de sensibilidad. Un realizador que, desde películas como Elsa & Fred (2005) y Anita (2009), ha sabido trabajar muy bien el drama humano con pequeñas dosis de comedia. Un costumbrismo propio del cine argentino de antaño, actualizado con nuevas estrellas locales.

Sucede que en la mayoría de sus últimas producciones recurre a un abuso del elemento melodramático. El drama se vuelve reiterativo, subrayado hasta el cansancio, y lo que podría haber sido un relato íntimo sobre la reconciliación se transforma en una sucesión de escenas diseñadas para provocar lágrimas. Esta impronta remite a un discurso televisivo que aproxima el melodrama a la telenovela más convencional. 

Oscar Martínez está muy bien como ese anciano despreciable, mal tipo de base, que busca en su interior algún rastro de humanidad en el ocaso de su vida. Un personaje que le sienta muy bien, ya transitado en El ciudadano ilustre (2016) o en la serie Bellas Artes (2024). Por su parte, Matías Mayer compone con solvencia su personaje y logra que la historia transite ciertas emociones con credibilidad. La química entre ambos busca el mismo choque generacional de Inseparables (2016): una relación intensa, jocosa y, por momentos, tierna.

Sin embargo, El último gigante insiste tanto en el golpe emocional que termina vaciando de fuerza a los momentos que deberían resultar genuinos. Así, ni el imponente escenario natural ni el talento de sus actores logran evitar que la película quede atrapada en un melodrama excesivo, más cercano a la lógica de la televisión que a la del cine.

5.0
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