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Crítica de “Cortafuego”: Belén Cuesta y Joaquín Furriel en un incendio más estridente que abrasador
Con Belén Cuesta y Joaquín Furriel al frente, la película apuesta por la intensidad emocional y el dramatismo extremo.
La producción de Netflix dirigida por David Victori se presenta como un thriller psicológico que promete explorar el incendio —literal y simbólico— de una familia al borde del colapso. Sin embargo, Cortafuego (2026) termina optando por el estruendo antes que por la combustión lenta: más golpes de efecto que verdadera profundidad temática.
La premisa es potente. Una mujer (Belén Cuesta), acompañada por su hija y su cuñado (Joaquín Furriel), regresa a la casa familiar en el bosque con la intención de venderla tras la muerte de su marido. El paisaje, marcado por la amenaza constante de los incendios forestales, funciona como metáfora evidente de una psique devastada por el duelo. Pero cuando la niña desaparece y todas las sospechas recaen sobre el vecino —un hombre de estética hippie, prácticas new age y modales esquivos interpretado por Enric Auquer— la película abandona la introspección y se precipita hacia el efectismo.
El conflicto escala con rapidez y deriva en violencia explícita. De la sospecha se pasa a la tortura con una ligereza moral que remite inevitablemente a La sospecha (Prisoners, 2013), de Denis Villeneuve, donde la desesperación también empujaba a cruzar límites éticos insoportables. Pero allí donde aquella construía tensión a partir de la ambigüedad y el deterioro psicológico, Cortafuego opta por subrayar cada emoción hasta el agotamiento.
Victori apuesta por primeros planos asfixiantes, cámara en mano en perpetuo temblor y una banda sonora dominada por gritos, jadeos y estallidos. El recurso, eficaz en dosis medidas, aquí se vuelve insistente. Lo que debería resultar perturbador termina siendo redundante; lo angustiante, estridente. La puesta en escena parece desconfiar del silencio y de la sugestión, como si temiera que el espectador no comprendiera la gravedad del conflicto sin un subrayado constante.
Paradójicamente, el mayor incendio de Cortafuego no arrasa con el bosque, sino con sus propias intenciones. La película plantea temas relevantes —el duelo, la paranoia colectiva, la construcción del “otro” como amenaza— pero los consume en una sucesión de sobresaltos que impiden que la reflexión eche raíces. La sospecha sobre el vecino, motivada más por prejuicio que por evidencia, podría haber sido el eje de un estudio incisivo sobre el miedo y la violencia comunitaria. En cambio, se convierte en un dispositivo narrativo para encadenar escenas de alta intensidad.
Cortafuego aspira a ser una experiencia abrasiva, pero termina siendo un incendio controlado por el artificio. Mucho humo, muchas chispas, pero escasa llama interior.