Crónica

El primero de los cinco espectadores

Durante el 31° Festival de Cine Latinoamericano de Rosario, la proyección de "Quemadura china" abrió una reflexión sobre el duelo, los vínculos y las formas de separación. Sin embargo, fuera de la pantalla, el encuentro con uno de los espectadores transformó la experiencia de la función y le otorgó un sentido inesperado, allí donde el cine y la vida terminaron por confundirse.

El primero de los cinco espectadores
viernes 12 de junio de 2026

En el 31° Festival de Cine Latinoamericano de la ciudad de Rosario se presentaron 19 películas y 42 cortos en cinco salas de cine, la principal de ellas, la del Cine Lumiere. El Cine Lumiere desde 1959 mantiene las incontables historias, el ambiente cálido y la posibilidad de poder visualizar una proyección acompañado. A pesar de ello la función de Quemadura china, dirigida y protagonizada por Verónica Perrotta, se proyectaba en los cines del centro. Un cine dentro de un shopping. Algunos lo describen como un poco más que una galería pero es uno de los primeros centros comerciales de la ciudad. Nació en 1993 y junto a ello sus salas de cine.

El ajetreado día entre comercios chisporroteantes de ruidos y personas transitando el espacio hacía que esa esencia del cine parezca oculta. Al final del pasillo del lado derecho se encuentra la sala de cine, una rampa amplia que termina en un pasillo largo de salas pequeñas. La sala se encontraba casi vacía, aún no había empezado la función. Podía visualizar una figura de un hombre que estaba detrás mío. Se había colocado en la parte superior, a la que se accede subiendo unas pequeñas escaleras, daba la sensación de distancia. Se podría decir que era uno de los primeros cinco espectadores de la sala. El tiempo de espera trajo a más espectadores, otro hombre de lentes rojos de un grueso cristal miraban la pantalla en negro, me preguntaba sobre la paciencia inagotable de esas vidas sin recurrir a mirar el celular, me era dificl retrar su historia es por ello que lo observe detalladamente. Sin embargo un vez comenzada la película balbuceo:

-Uy, me equivoque.

Acto seguido sale de la sala. Haciendo que esa historia que ese cuerpo transportaba pase por al lado.

La película tenía una especie de esencia que hasta ese momento no había visto en otros filmes. Basada en  una obra de teatro, donde el conflicto de los personajes era acompañado por el quiebre de la cuarta pared, que muestra el conflicto entre actores que actúan de sí mismos. Esto acompaña la trama ayudando a entender la complejidad de las relaciones interpersonales. El duelo era un tema central. La historia parte de unos siameses unidos por siete centímetros en el brazo y veintiuno en la pierna, repite la película que entre ellos no hay bordes, ni límites, unidos, siameses iguales. Hasta que llega el corte, una cirugía que plantea la vinculación y desvinculación de los otros. Un camino que desafía la identidad personal y nuestros anclajes con los demás. Llegando al final del filme la autora de la obra reflexiona sobre el final que le había dado en 2006, cuando se separan los siameses Annie dice: “No hay un final donde no estemos juntos” y se suicida, sin embargo no le parece un final apropiado, ni concluso, mucho menos posible.

Parecía que aquellas escenas que no terminaba de enmarcar en cuadros específicos dejan suficiente silencio para llenarlo de nuestras historias, realidades y sentidos. Juega con el corte de lazos, la tensión entre compañeros, las propias aspiraciones y el ir y venir del tiempo, el ir y venir del cierre. Nuestro final dado no será el mismo que demos después, será una tarea a resolver a cada paso dado a cada corte abierto, a cada sutura con el otro.

La sala se vacía apenas termina, las pocas personas salen por las amplias puertas que se empujan y ese escenario de transeúntes y comercios vuelve a sonar. A la espera de saber opiniones sobre la película me encuentro con el hombre que ya estaba en la sala antes de mi llegada, el primero de los cinco espectadores. Sonríe ampliamente, usa tonos grises en la ropa y se sorprende ante la pregunta de qué le pareció la película. Me cuenta el puntaje que le asignó y pronuncia que era compleja, asentó su interés por el tema del duelo, dijo que se debía a una situación personal. Estudia cine hace ya cuatro años en el EPCTV de calle Laprida, es jubilado y le gusta el montaje de películas, tiene interés por los gustos de los jóvenes  y se lo pregunta constantemente.

Escribe guiones de cine y al parecer le va bien, a su profesora le gustó mucho uno de su autoría, lo ha felicitado por ello. Se interesa por saber porque estoy escribiendo esta crónica que leen. Le explico que es un intento de retratar lo imperceptible del festival, las personas que lo transitan, las historias que existen en un momento dado y que no van  a volver. Mi respuesta lo deja pensando, a éste punto habíamos transitado el shopping completo intercambiando historias. Me dice que no quiere sonar trágico y revela la razón de su duelo y el porqué de su visita a ese cine. Ya cerca la blanca puerta corrediza que antela nuestra despedida, me dice que está pasando por un tratamiento de quimioterapia, que le había permitido caminar hasta allí y solo allí.

-¿Algo más?—Pregunta de forma cortés, antes de irse.

-Tu nombre— Le respondo.

-Enrique.

Me desea suerte con la crónica, nos despedimos, nos agradecemos y lo veo perderse entre las calles. Su llegada había puesto otro nuevo final a la película, un final que se sigue escribiendo.

El primero de los cinco espectadores, ya no es más uno de ellos, han quedado cuatro y Enrique. Enrique, el que vio la película conmigo, la puntuo así como yo. Y le dio un cierre que aun a mi me resulta difícil darle. Vuelvo a nuestra conversación a los silencios y a la revelación final que no ha dado tiempo para poder darle una palabra de aliento o un agradecimiento mayor. Las preguntas si había podido ir a otra función o si sabía que había otra película que le interesara eran respondidas de forma breve, mencionando que no podía ir, sin más explicación. Estas cobran sentido en su conjunto.

Así mismo es el festival. Son aquellas voces, historias, personas que no van a volver a suceder de la misma manera, que se perderán en la multitud y los sonidos del shopping en las salas vacías y la oscuridad que las acompaña. Pero es hoy aquella persona interesada por el gusto ajeno, el cine, el montaje, que ha dejado escrito su puntaje para la película y la ha puesto en una caja siendo parte del puntaje general, el que termina de darle un cierre, un último significado a esa función. 

Clarisa Granollers*

*Este texto forma parte de los trabajos del “Taller de Cine y Crónica: Contar un Festival”, dictado por el periodista Ulises Rodríguez en el marco del 31º Festival de Cine Latinoamericano de Rosario. Esta crónica resultó la más votada entre quienes asistieron al taller para ser publicada en EscribiendoCine.

Te puede interesar
Últimas noticias
MÁS VISTAS