Malba
Crítica de “Tardes de soledad”: Albert Serra y el retrato de la brutalidad convertida en espectáculo
El realizador español presenta un impactante documental sobre las corridas de toros ganador de la Concha de Oro en el festival de San Sebastián.
El documental objetivo no existe; hace tiempo que lo sabemos. Incluso cuando se limita a observar un hecho real, el punto de vista —el recorte que el cineasta hace de la realidad— es siempre subjetivo, único e irrepetible. Esa selección determina qué vemos, qué queda fuera de campo y, sobre todo, qué estamos obligados a mirar. En Tardes de soledad (2024), Albert Serra lleva esa premisa hasta el extremo: su lupa transforma el ritual taurino en una experiencia monstruosa, aberrante y profundamente incómoda.
El trabajo de sonido es apabullante y las técnicas de filmación —inusuales en una plaza de toros— refuerzan la sensación de extrañeza. Aunque el protagonista es el torero Andrés Roca Rey, observado en plena “performance” en la arena, la cámara no le pertenece del todo: también sigue al toro. En ese gesto se revela un punto de vista político claro sobre las corridas de toros. El animal deja de ser fondo o instrumento y se convierte en presencia trágica.
La cámara de Serra y de Artur Tort —director de fotografía habitual en sus últimos trabajos— se desplaza entre el ruedo, los camerinos y las habitaciones; acompaña al matador y su cuadrilla en el coche, camino a la plaza o de regreso tras la faena. Ese recorrido construye una cronología precisa de la maquinaria humana que hace posible la corrida: preparación, ejecución y retorno.
Es conocida la distensión temporal del cine de Serra. Sus películas suelen dilatar el tiempo hasta volverlo físico. Sin embargo, aquí esa dilatación no genera contemplación ni sopor, sino tensión e impresión. La duración de los planos intensifica la agonía: cada imagen duele, indigna, molesta. La matanza se prolonga sin concesiones y el espectador puede sentir el impulso de abandonar la sala, como si arrojar la toalla fuera un acto de piedad ante una tortura que parece no terminar nunca.
El director de Honor de cavallería (2006) y Pacifiction (2022) filma el detalle con una obstinación quirúrgica: la sangre, la respiración agitada, la coreografía cruel del rito, la celebración del asesinato convertida en fiesta popular. Hay salvajismo en ese sistema organizado para sostener un espectáculo primitivo bajo la apariencia de tradición.
Tardes de soledad es, así, la crónica de un horror sistematizado: un retrato de la bestialidad a la que puede llegar el ser humano cuando convierte la violencia en entretenimiento. Pero también es una mirada desnaturalizada sobre un espectáculo arcaico, filmado como si fuera la primera vez que lo vemos, despojado de tradición y enfrentado a su desnuda brutalidad.