Teatro Metropolitan

Crítica de "Derecho de piso": el teatro musical frente al abuso laboral

"Derecho de piso" aborda el abuso laboral desde el teatro musical, con una mirada luminosa y crítica sobre el trabajo invisibilizado en los procesos teatrales.

Crítica de "Derecho de piso": el teatro musical frente al abuso laboral
jueves 08 de enero de 2026

En Derecho de piso, la escena teatral se convierte en un espacio de observación sobre el abuso laboral, una problemática que excede al ámbito artístico pero que encuentra en el teatro un territorio especialmente revelador. Escrita y dirigida por Ana Schimelman junto a Ian Shifres, la obra se sitúa dentro del proceso de montaje de un espectáculo y utiliza ese dispositivo como núcleo narrativo: lo que se pone en juego no es solo una obra en construcción, sino una forma de organización del trabajo.

El relato se articula a partir de Brenda (Victoria Baldomir), asistente de un elenco en pleno armado. Su figura se define por un desajuste constante: nadie recuerda su nombre, todos dependen de su presencia. En ese corrimiento se instala el conflicto central. Derecho de piso desplaza la pregunta por el talento hacia otra más incómoda: cuánto se espera que alguien tolere para permanecer dentro del sistema.

La puesta refuerza esta idea a partir de una escenografía despojada, cercana al espacio de ensayo, donde los cuerpos circulan sin jerarquías explícitas pero con funciones precisas. El escenario se mantiene en movimiento constante: entradas y salidas encadenadas, tareas que se superponen, una asistente que no se detiene. Esa dinámica física traduce en acción lo que la obra plantea en su núcleo conceptual: el trabajo invisible que sostiene al conjunto.

Desde la dramaturgia, uno de los gestos más claros es correr el foco del protagonismo. El elenco —integrado también por Gerardo Chendo, Vero Gerez, Nicolás Martin y Guadalupe Otheguy— funciona como un engranaje que se legitima a sí mismo, mientras Brenda absorbe exigencias, silencios y órdenes apenas formuladas. No hay villanos individuales: la obra expone una lógica colectiva donde el abuso se naturaliza bajo la promesa de pertenencia.

La música en vivo, visible y presente en escena, cumple un rol estructural. No comenta lo que sucede ni subraya emociones: organiza el ritmo del trabajo, marca tiempos, acelera y detiene acciones. Los números musicales se integran al flujo del ensayo, sin separación clara entre canción y tarea, reforzando una idea clave: en Derecho de piso, el musical no funciona como evasión, sino como método de relato.

El tono se sostiene desde el humor y la ironía, entendidos como estrategias de distancia. Las situaciones generan risa por su reconocimiento inmediato, no por exageración. La identificación del público surge del detalle: una orden lanzada al pasar, una tarea que nadie quiere asumir, una promesa que se diluye. La obra evita el subrayado emocional y confía en la acumulación de gestos.

Con siete Premios Hugo y un recorrido sostenido en el circuito independiente, Derecho de piso se inscribe dentro del teatro musical argentino contemporáneo como una pieza que piensa su propio medio. Al hacerlo, dialoga con una generación que ingresa al mundo laboral en condiciones inestables y encuentra en el escenario un espejo posible. No hay moraleja ni cierre tranquilizador: lo que queda es una pregunta abierta sobre las reglas no escritas que siguen organizando el trabajo, dentro y fuera del teatro.

7.0
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