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Crítica de "Betibú": El asesino está entre nosotros
Transposición de la novela homónima de Claudia Piñeiro, "Betibú" (2014) es un policial que sigue los pasos de Nurit Iscar, quien junto a dos periodistas indagan en la misteriosa muerte de un poderoso empresario. La película alcanza una alta dosis de intriga, pero hacia la parte final se desmerece un tanto el resultado.
Los tiempos más productivos en términos literarios quedaron atrás en la vida de Nurit Iscar (Mercedes Morán). Reconocida novelista de policiales, su única incursión en la novela romántica fue un fracaso y, desde entonces, quedó fuera del mercado editorial. Relegada a un ostracismo artístico, vive del poco valorado oficio de “escritora fantasma”. Hasta que un día, el asesinato de un empresario sospechado de haber matado a su esposa la coloca en un lugar inesperado. Tentada por el director del diario El Tribuno (su ex amante), Nurit se instala en el country donde se cometió el crimen para escribir una columna sobre el caso. Junto a Jaime Brena (Daniel Fanego), periodista veterano de la sección policial, y al novato Mariano Saravia (Alberto Ammann), harán algo más que recopilar información: se transformarán en piezas centrales para resolver el caso.
Miguel Cohan (director de Sin retorno, 2010) adapta junto a Ana Cohan la novela de Claudia Piñeiro, en la que conviven la trama policial, una perspectiva femenina y una reflexión sobre los mecanismos de poder ligados a la corrupción en las altas esferas. La película sigue con fidelidad los acontecimientos planteados por la autora pero, de manera paradójica, comprime dos núcleos narrativos —que, claro está, no develaremos— de un modo algo arbitrario o, al menos, endeble en términos de desarrollo dramático.
El film consigue instaurar una dinámica entre los tres personajes principales que no solo responde a los elementos del género, sino también a la dimensión humana con la que Piñeiro los concibió. Esa complejidad, que genera empatía en la lectura, se sostiene en la pantalla. El trío protagónico encuentra en sus intérpretes un trabajo ajustado y coherente.
Jaime Brena arrastra el peso de haber perdido un puesto que considera propio, desplazado por Saravia más por una decisión editorial que por una lógica profesional. Al joven le cuesta adaptarse a la sección que le asignaron y, con cautela, comienza a apoyarse en los saberes de Brena, convirtiéndose progresivamente en su aprendiz. El caso del empresario asesinado los enfrenta a un horror que va de lo íntimo a lo público y deja al descubierto fisuras de una sociedad atravesada por prácticas corruptas.
Betibú mantiene el sello de su productora, Haddock Films. En sintonía con sus trabajos anteriores, la película de Cohan exhibe un diseño de producción cuidado. Resulta menos convincente la elección de algunos personajes secundarios, que parece responder a criterios comerciales antes que narrativos, pese al intento de incorporar nombres reconocidos como Carola Reyna y Gerardo Romano en roles de peso lateral.
En términos de estructura, el film desarrolla una primera mitad donde la acumulación de datos no solo aporta herramientas para identificar al responsable del crimen, sino que construye un clima ominoso —doméstico y político— que se instala a partir de la muerte inicial. Porque la del empresario funciona como detonante de una cadena de hechos que no son fortuitos y que, en la novela, aparecían mejor articulados. El desenlace deja ciertos elementos librados a la imaginación de Nurit, datos que en la fuente literaria estaban más explicitados y resultaban, en consecuencia, más verosímiles.
La recreación del universo periodístico constituye uno de los puntos más sólidos del film: la discusión sobre cómo ordenar el caos informativo y el rol del periodista en la práctica cotidiana —más allá de lo discursivo— articula una red conceptual donde el caso investigado expone tensiones entre justicia, saber popular y medios de comunicación, bajo una pátina de realismo rioplatense.