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Crítica de "Fallout – Temporada 2": el viaje a New Vegas y la expansión de un mundo en tensión
La segunda temporada de "Fallout" amplía su universo narrativo con la llegada a New Vegas, profundiza los dilemas de sus personajes y apuesta por una estructura más dispersa, sostenida por el vínculo entre Lucy y el Ghoul.
La segunda temporada de Fallout (2025) retoma su travesía por el desierto nuclear con la conciencia de haber superado una primera prueba: adaptar un videojuego con llegada masiva sin diluir su identidad. El rumbo hacia Fallout: New Vegas funciona como eje narrativo y simbólico para expandir un mundo atravesado por la ruina, el absurdo y una moral siempre en disputa.
Lucy MacLean y el Ghoul continúan un recorrido marcado por la necesidad y una idea de justicia que nunca termina de definirse. La dinámica entre Ella Purnell y Walton Goggins vuelve a ser el sostén dramático del relato. Lucy ya no responde al molde de habitante de bóveda ingenua: su mirada se ha endurecido sin perder del todo una ética personal. El Ghoul mantiene su cinismo como escudo, aunque esta temporada se permite exponer grietas que complejizan su figura. Ese vínculo, construido en un vaivén constante, ordena emocionalmente una trama que, por momentos, se fragmenta.
La expansión del universo trae consigo una narrativa más ramificada. La persecución de Hank, las tensiones en las bóvedas 31, 32 y 33, el recorrido de Maximus dentro de la Hermandad del Acero y los extensos flashbacks de Cooper Howard conviven en un mismo plano. Estos regresos al pasado, situados en el imaginario retrofuturista previo a la guerra, no solo refuerzan el contexto histórico del colapso, sino que introducen figuras clave como Barb y Robert House. La aparición de Justin Theroux en ese rol aporta una energía particular a los episodios centrados en los orígenes del desastre.
La llegada a New Vegas cumple una función doble: satisfacer la memoria de los jugadores y consolidar el mundo de la serie en términos visuales y políticos. Las facciones que habitan la ciudad —desde Los Kings hasta la Legión de César— operan como comentarios irónicos sobre el poder, la fe y la organización social. Sin embargo, esa acumulación de guiños también introduce desvíos narrativos que interrumpen el avance central y relegan algunos conflictos, como el de Maximus, a un segundo plano.
El tono sigue siendo uno de los rasgos más reconocibles de Fallout. La serie alterna violencia explícita, humor físico y momentos de introspección sin buscar una homogeneidad artificial. La estética corporativa de los años 50, persistente incluso después del fin del mundo, funciona como comentario constante sobre la codicia y la repetición de los errores humanos. En ese marco, la “Regla de Oro” de Lucy se convierte en un eje ético puesto a prueba, no como consigna ingenua sino como resistencia frente a un entorno que la desalienta.
La segunda temporada no alcanza la economía narrativa de la primera, pero compensa esa falta con una apuesta más amplia y una confianza plena en su universo. Entre líneas que se estiran más de lo necesario y decisiones que llegan tarde, Fallout sostiene su identidad y reafirma su interés por pensar la esperanza en medio de la devastación, sin renunciar al exceso ni al humor.