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Crítica de "Presente continuo": Ulises Rosell dirige lo que no se puede dirigir

El cineasta Ulises Rosell filma a su hijo Lisandro, un adolescente dentro del espectro autista, en un diario íntimo donde lo real y lo escénico colisionan. El resultado es una obra sobre la fragilidad, el cuidado y los límites de la representación.

Crítica de "Presente continuo": Ulises Rosell dirige lo que no se puede dirigir
martes 02 de diciembre de 2025

Ulises Rosell está filmando algo más que escenas: está registrando el pulso mismo de lo cotidiano. No hay un guion preestablecido, sino una acumulación de momentos vividos junto a su hijo Lisandro, un adolescente de 16 años dentro del espectro autista, cuya existencia transcurre entre la ficción del teatro y la materialidad de la espera. Valentina Bassi, madre de Lisandro y reconocida actriz, ensaya, trabaja, encarna otros rostros. Mientras tanto, Lisandro juega, observa, reinterpreta el mundo desde una lógica que escapa a las categorías habituales.

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Presente continuo (2025) no dramatiza el diagnóstico, sino que lo encarna. No hay música que subraye la emoción ni planos que busquen embellecer la diferencia. Hay tiempos muertos, conversaciones mínimas, espacios compartidos entre madre e hijo, entre actriz y adolescente, entre ficción y realidad. El dispositivo cinematográfico no se impone: acompaña, pregunta sin intervenir.

Rosell desdibuja los límites entre lo personal y lo escénico. Un ensayo teatral de Salvajada en el Cervantes, el rodaje de una serie sobre el autismo en la costa atlántica (Un león en el bosque), una marcha contra las políticas del actual gobierno: todo se convierte en parte de una misma trama emocional, en la que los bordes se deshilachan. La cámara no filma desde afuera, sino desde adentro de un universo afectivo.

En ese teatro vital, Lisandro no actúa: habita. ¿Qué es una performance cuando se vive entre bastidores desde la infancia? ¿Qué significa la representación cuando la percepción del mundo está organizada por otras reglas, por otras frecuencias? El film no responde, apenas insinúa.

En el centro de Presente continuo no está el autismo como tema, sino el cuidado como praxis diaria. El cannabis medicinal, las conversaciones con la abuela, los tiempos sin escuela, las jornadas de rodaje y las esperas interminables en salas de teatro componen un mapa de afectos donde no hay lugar para el heroísmo ni para el drama.

Rosell hace cine desde el afecto, sin caer en la condescendencia ni en la estetización de la diferencia. El gesto más radical del film es su apuesta por la fragilidad: de los vínculos, del tiempo compartido, del propio acto de filmar.

7.0
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