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Crítica de "Historias extraordinarias": Llinás y la reconfiguración narrativa del cine argentino
Desmitificar el prejuicio hacia las películas extensas no es sencillo, y menos aún si no se trata de un estreno comercial o si la propuesta proviene del cine argentino. Sin embargo, "Historias extraordinarias" desafía esa resistencia con un relato que transforma la duración en parte de su apuesta narrativa.
¿Puede una película extenderse más de cuatro horas y sostener el interés desde el relato puro, desestimando el diálogo como motor principal? Historias extraordinarias (2008), dirigida por Mariano Llinás, ensaya una respuesta afirmativa: propone un cine que prescinde de la palabra dicha entre personajes, pero no del lenguaje, y menos aún del deseo de narrar.
Con una duración que se organiza en tres actos de aproximadamente 80 minutos cada uno, divididos en un total de 18 capítulos, la película despliega tres líneas narrativas independientes, pero articuladas en su alternancia. Las historias de X, H e Y —protagonistas anónimos de vidas ordinarias— se ven trastocadas por situaciones fortuitas que disparan una proliferación de relatos secundarios, subtramas y desvíos que amplían el universo narrativo sin perder unidad.
La estrategia central de Historias extraordinarias reside en la utilización predominante de la voz en off —a cargo de Juan Minujín, Daniel Hendler y, en un tramo, Verónica Llinás— como mecanismo para avanzar el relato. Lejos de ser un mero recurso explicativo, la narración se impone como forma principal de construcción dramática, reemplazando al diálogo en tanto soporte habitual del cine clásico. Lo que aquí se prioriza no es la interacción entre personajes, sino la mirada sobre sus acciones, y más aún, sobre sus decisiones.
En ese sentido, Llinás subvierte convenciones formales no desde la ruptura estridente, sino desde una reorganización de elementos existentes. La puesta en escena, que recurre a planos secuencia, narración fotográfica o montaje episódico, se adapta a una lógica donde cada plano es parte de un tejido más amplio, en el que lo visual y lo sonoro se retroalimentan. La edición no busca el efecto inmediato, sino la acumulación progresiva de sentido.
La construcción del punto de vista se transforma en otro elemento destacado: el espectador muchas veces accede a una misma escena desde ángulos o perspectivas que se encadenan con el tiempo. Lo que en un primer momento aparece difuso —como el asesinato del inicio, filmado desde una cámara inmóvil con foco en la profundidad de campo— se completa luego con nuevos encuadres, reconstrucciones o interpretaciones. La imagen no explica, sino que se resignifica con el avance de la narración.
La banda sonora compuesta por Gabriel Chwojnik funciona como un eje estilístico adicional. Con una variedad que oscila entre el western, el policial, el melodrama y la comedia romántica, su presencia refuerza la dimensión lúdica del film y su vocación por el pastiche, sin caer en la parodia. La música, como las imágenes y los relatos, participa del mismo impulso expansivo: narrar, y narrar más.
Historias extraordinarias no se inscribe en una tradición de cine de autor para reforzar su firma, sino para explorar hasta dónde puede llegar el acto de contar sin traicionar la experiencia cinematográfica. En una época de síntesis, algoritmos y tiempos de atención cada vez más fragmentados, Llinás propone lo contrario: una película que exige permanecer, atender y dejarse llevar por la potencia narrativa en estado puro.