El mapa oral de Martel

"Un destino común": el libro donde Lucrecia Martel convierte la conversación en práctica cultural

"Un destino común" reúne por primera vez las intervenciones públicas de Lucrecia Martel entre 2009 y 2025. El libro ordena conferencias, clases y diálogos que funcionan como laboratorio narrativo y plataforma para pensar el presente desde la escucha.

"Un destino común": el libro donde Lucrecia Martel convierte la conversación en práctica cultural
Lucrecia Martel
Lucrecia Martel
sábado 15 de noviembre de 2025

En Un destino común (Caja Negra Editora), Lucrecia Martel convierte años de charlas públicas, conferencias y talleres en una escritura que funciona como bitácora de pensamiento y manual de navegación. No es un libro sobre su filmografía, sino un espacio donde ensaya cómo se construyen las ideas, cómo se organiza una escucha y qué significa narrar en un tiempo dominado por plataformas, algoritmos y discursos sin matices. La edición reúne intervenciones realizadas entre 2009 y 2025, transcriptas por primera vez, y revela una trama conceptual que solo aparece cuando su voz se despliega con la libertad de lo oral.

El proyecto parte de una intuición editorial clara: reunir lo disperso para volverlo herramienta. Las conferencias circulaban online, fragmentadas; al ponerlas en continuidad se iluminan los hilos que sostienen la mirada de Martel. Desde los recuerdos de su infancia en Salta hasta la experiencia reciente en la investigación y realización de Nuestra tierra (2025), las charlas trazan una misma operación: usar la conversación para pensar con otros. No se trata de ofrecer respuestas, sino de abrir preguntas que desarman certezas y habilitan nuevas prácticas culturales.

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La presentación inicial, escrita por Martel, marca el tono. Allí reflexiona sobre el origen de su impulso creativo, la importancia de la escucha y la necesidad de desprenderse de los mandatos profesionales para reencontrar la potencia de hacer. La conversación aparece como única zona de resistencia posible en una época de discursos cerrados y vínculos erosionados. Ese gesto recorre todo el libro.

En la primera parte, Martel revisa conceptos que atraviesan su trabajo: el sonido como materia inevitable, la sala de cine como una pileta vacía donde el aire se comporta como un fluido que nos envuelve, y la oralidad como territorio donde la narrativa se forja sin necesidad de fórmulas. Su observación se apoya en ejercicios concretos: registrar conversaciones, transcribirlas, detectar variaciones, ritmos y desvíos. Allí se establece un contrapunto con los modelos rígidos de guion: para Martel, la organización del habla cotidiana contiene estructuras capaces de renovar la narrativa audiovisual contemporánea.

El libro avanza hacia diálogos con César González, Carla Simón y Leila Guerriero, donde se contrastan modos de trabajo y horizontes estéticos. Son conversaciones que permiten ver cómo Martel piensa con otros y qué aparece cuando se cruzan biografías, miradas y prácticas artísticas diferentes. Allí se despliega su convicción de que la cultura se sostiene en la fricción y en la capacidad de disentir sin clausurar.

En la tercera parte, el pensamiento se vuelve más urgente. Martel aborda la estandarización narrativa provocada por las plataformas, las mutaciones del lenguaje audiovisual, la irrupción de la inteligencia artificial y la posibilidad de imaginar futuros en medio de un mundo que se percibe en crisis. Sus intervenciones, dirigidas en gran medida a jóvenes, funciona como una invitación a recuperar la inventiva y rechazar la resignación.

Un destino común no se ofrece como una teoría del cine. Es, más bien, un laboratorio abierto donde Martel prueba hipótesis, comparte intuiciones y deja ver el proceso detrás de su pensamiento. Su lectura recupera un legado que no proviene solo de sus películas, sino del modo en que convierte cada encuentro en una exploración colectiva. La edición respeta la textura de la oralidad y permite acceder al movimiento de sus ideas sin reducirlo a un manual ni a un corpus académico.

Lo que queda, al final, es un llamado: cuidar la conversación como una forma de recomponer lo comunitario. En un tiempo donde la comunicación tiende a volverse ruido, Martel propone volver a la escucha para imaginar lo que todavía no existe. Ese es, quizás, el destino común que el libro sugiere.

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