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Crítica de “Código negro”: Steven Soderbergh y el juego de la desconfianza en la pareja
Michael Fassbender, Cate Blanchet y Pierce Brosnan protagonizan un drama de espías que hace foco en la desconfianza en el matrimonio.
Código negro (Black Bag, 2025) es un soberbio relato de espías escrito por David Koepp (Jurassic Park: El mundo perdido, Carlito’s Way, Kimi, Presencia) sobre las relaciones de pareja en un grupo de espías del servicio secreto británico.
A George Woodhouse (Michael Fassbender) le informan que hay un traidor en su equipo de espías y, entre los sospechosos, aparece su mujer (Cate Blanchet). Entonces George organiza una cena en su casa y droga a sus compañeros de trabajo para descubrir al traidor del grupo. No sólo no aparece sino que se ponen en crisis los matrimonios asistentes.
Soderbegh realiza un buen manejo del suspenso con un Fassbender en estado de gracia como un meticuloso espía incapaz de expresar afecto pero aturdido por la desconfianza hacia su pareja. Su actuación recuerda al asesino a sueldo del film de Fincher, pero con un grado de vulnerabilidad superior. Fassbender no es el único que se destaca. También Cate Blanchet parece ideal para su papel, como una mujer fría y distante. En su mirada aparecen los matices necesarios para el personaje.
La pregunta es si Código negro sería una gran película de no contar con semejante elenco, al que se suma Pierce Brosnan como el jefe del servicio de inteligencia. Tal vez no, pero es loable distinguir la importancia de una película adulta, que pone el foco en la desconfianza como mal de época y la imposibilidad de construir vínculos profundos a través de su historia de espías.
Soderbergh emplea un tono ligeramente irónico que permite mover los hilos de la trama de un lugar a otro, sin que se trate de un clásico relato de espionaje ni de un drama de pareja. Las referencias a Ambiciones que matan (A Place in the Sun, 1951) de George Stevens, Match Point (2005) o incluso Scoop (2006) de Woody Allen, se hacen evidentes en la escena del bote de pesca. El juego matrimonial se presenta como un juego de espías: serio, entretenido y eficaz.
En un contexto donde los secretos están a la orden del día, el director de Sexo, mentiras y video (Sex, Lies, and Videotape, 1989) realiza una reflexión sobre los matrimonios contemporáneos y la incapacidad de forjar vínculos sanos y afectivos en tiempos de incertidumbre y sospecha.